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Festival de Venecia 2025: crítica de “Nuestra Tierra”, de Lucrecia Martel (Sección Oficial – Fuera de Competencia)

La directora de La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza y Zama se aventura en la no ficción con un potente exponente de cine político y etnográfico que, luego de su estreno mundial en la Mostra, se proyectará en otros prestigiosos festivales como Toronto, San Sebastián, Camden, Londres y Nueva York.

Publicada el 31/08/2025

Nuestra Tierra (Argentina, Estados Unidos, México, Francia, Países Bajos, Dinamarca/2025). Dirección: Lucrecia Martel. Guion: Lucrecia Martel y María Alché. Fotografía: Ernesto De Carvalho. Edición: Jerónimo Pérez Rioja y Miguel Schverdfinger. Música: Alfonso Olguín. Sonido: Guido Berenblum, Manuel De Andrés y Emmanuel Croset. Producción: Rei Pictures (Benjamín Domenech, Santiago Gallelli y Matías Roveda), Louverture Films (Joslyn Barnes), Piano (Julio Chavezmontes), Pio & Co (Sandrine Dumas, Marie-Pierre Macia y Claire Gadea), Snowglobe (Katrin Pors y Mikkel Jersi) y Lemming Film (Leontine Petit, Erik Glijnis). Duración: 119 minutos. Estreno mundial en la Sección Oficial (No Ficción) - Fuera de Competencia.

De lo macro a lo micro y luego de lo micro a lo macro. Así parece ser el camino de ida y vuelta que emprende Lucrecia Martel en Nuestra Tierra, una incursión en el documental que en principio puede parecer una rareza dentro de su filmografía, pero que en verdad resulta una continuación lógica a Zama (2017) en su indagación en el colonialismo (hay que aclarar que entre ambos proyectos rodó el telefilm Terminal Norte y el cortometraje Camarera de piso).

Lo primero que vemos son satélites orbitando alrededor de la Tierra, mientras suena la voz de Mercedes Sosa cantando “Señor, ten piedad de nosotros” en la Misa criolla de Ariel Ramírez. De allí a imágenes aéreas (Martel nos regalará durante las dos horas siguientes un auténtico festival de drones) que sobrevuelan distintas zonas (algunas verdes y cultivadas) hasta llegar a una cancha donde se está jugando un partido de fútbol femenino. Más allá del virtuosismo formal es también parte de esa idea inicial: de la inmensidad, de lo “celestial”, a lo terrenal y mundano.

La acción de Nuestra Tierra transcurre en Tucumán pendulando todo el tiempo entre lo rural (las tierras de la comunidad Chuschagasta en El Chorro) y lo urbano (el tribunal donde se registra el día a día de un juicio), entre la actualidad y la Historia, entre el material de archivo (los hechos centrales que se analizan y reconstruyen pueden verse hasta en YouTube) y lo que filma Martel, entre la denuncia propia del cine político y las historias de vida contadas con sensibilidad y desde la intimidad.

Para cualquiera que no haya leído sobre el caso ni lo haga antes de ver la película, Nuestra Tierra funciona a su manera como un thriller procesal en el que iremos conociendo a partir del accionar de la Justicia, las presentaciones de pruebas, los testimonios de los implicados y testigos, y los alegatos de ambas partes los detalles, aristas, alcances y dimensiones del caso.

Martel venecia 2025 1200

Y los hechos -no es spoiler porque se exponen desde los primeros minutos- tienen que ver con el asesinato de Javier Chocobar, cacique de los Chuschagasta, una de las comunidades diaguitas de Tucumán, ocurrido el 12 de octubre de 2009. El juicio recién arrancó en 2018 y los acusados fueron Sergio “el Turco” Amin, un empresario que pretendía desarrollar una explotación minera en las tierras que los comuneros habitaban y reclamaban como propias desde hacía muchísimo tiempo, y dos cómplices, ambos expolicías exonerados de la fuerza, que lo ayudaban en su intento de desalojo: Luis Humberto “El Niño” Gómez y José Valdivieso.

Más allá de la resolución del caso que, claro, se expondrá sobre el final, lo que a Martel también (o sobre todo) le interesa es explorar la larga historia de colonialismo y del despojo territorial que condujo a ese crimen. El racismo acendrado, las profundas diferencias de clase, la connivencia del establishment político, religioso, judicial, económico y de seguridad con los más poderosos (y prepotentes), y la invisibilización o incluso represión de los reclamos de los pueblos originarios son algunos de los temas que la directora aborda yendo desde la indignación hasta la sutileza, desde la crudeza de las imágenes pixeladas de las balaceras tomadas in situ con un celular hasta el sosiego de compartir entrañables veladas dedicadas al placer de la charla y a mirar fotos antiguas que nos permiten conocer el pasado de las familias Chuschagasta hasta llegar a la del propio Javier Chocobar con los hermosos recuerdos de quien fuera su esposa.

Por supuesto, la mirada revisionista respecto de la historia oficial de Martel no se limita a los temas trascendentes sino que hay tiempo para conocer la geografía del lugar (bella y hostil a la vez con sus montes escarpados), su fauna (abundarán las cabras y los caballos), su flora, su música (de las ancestrales coplas al chamamé), sus costumbres (una observación muy simpática es la tendencia de varios personajes a llevar siempre una lapicera enganchada en los bolsillos de sus camisas), las procesiones religiosas y hasta referencias al séptimo arte que incluyen desde citas a Ben-Hur y un emotivo juego de cine dentro del cine bastante cerca del cierre.

Nuestra tierra (con minúscula) puede referirse a la reivindicación de una lucha de siglos que sostienen los descendientes de los pueblos originarios, mientras que Nuestra Tierra (con mayúscula) resulta una advertencia frente a un planeta que parece marchar sin pausa y cada vez con más prisa hacia la autodestrucción. Un film que (perdonen por apelar a una adjetivación que yo mismo suelo detestar) en vista de las urgencias que atravesamos en la Argentina y en muchos otros rincones del mundo es útil, necesario e insoslayable.

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