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Festival de Cannes 2025: crítica de “Romería”, película de la española Carla Simón (Competencia Oficial)
La realizadora de Verano 1993 (2017) y Alcarràs (2022), ganadora del Oso de Oro en la Berlinale, cierra la trilogía inspirada en su vida familiar con la más desgarradora de las tres entregas, que constituye además su debut en Cannes.
Romería (España, Alemania, Francia/2025). Guion y dirección: Carla Simón. Elenco: Llúcia García, Mitch Martín y Tristán Ulloa. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Ernest Pipó. Edición: Sergio Jiménez y Ana Pfaff. Sonido: Eva Valiño. Duración: 115 minutos. Estreno mundial en la Competencia Oficial.
Las películas de la catalana Carla Simón siempre han tenido una zona melancólica y dolorosa, pero nunca la visceralidad y tristeza que afloran en Romería, en la que indaga en la trágica historia de sus padres biológicos (ambos, adictos a la heroína, murieron de HIV-SIDA con apenas tres años de diferencia) y más puntualmente en la familia de su papá.
Si bien algunos fragmentos de esta historia ya se habían conocido en los largometrajes previos Verano 1993 y Alcarràs (y luego en el corto Carta a mi madre para mi hijo), Romería se concentra en dos períodos: el presente de la película encuentra a Marina (Llúcia García), una chica de 18 años que sería algo así como juvenil el álter ego de la directora, tratando de reconstruir en 2004 la historia ocultada, distorsionada o en el mejor de los casos maquillada de sus progenitores.
A partir de unas cartas de su madre que funcionan a modo de diario íntimo y de las piezas del rompecabezas que ella va armando con lo que le cuentan primos y tíos, Marina se va enterando de cómo fue la vida de sus padres en aquellos tormentosos años '80. De a poco, el relato de Simón se retrotrae a esos tiempos con la propia Llúcia García interpretando en ese caso a Neus, la madre de Marina, y Mitch Martín también en un doble papel (Nuno, uno de los primos en 2004, y el padre de la protagonista en aquellos inicios de los '80), aunque esos flashbacks resultan por momentos algo caricaturescos.
La acción no transcurre esta vez en Cataluña sino en Galicia, más precisamente en Vigo, donde el abuelo de la familia Piñeiro -que supo manejar astilleros- funciona como patriarca al que todos le rinden pleitesía. Marina, que ya tiene decidido estudiar cine, deberá enfrentar un manojo de secretos y mentiras, una coraza de hipocresía en una narración que quizás sea menos sutil que las de sus trabajos previos, pero en la que hace gala de una encomiable valentía para trabajar sobre cuestiones esenciales como la identidad y la memoria sin condescendencia sin juzgar a generaciones pasadas por lo que desde una mirada elemental pueden verse como errores o carencias. Un film muy íntimo, sentido, confesional y de un honestidad brutal.
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