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Festival de Belo Horizonte 2026: Crítica de “Deserto Vértigo”, película de Rocío Barbenza (competencia Território)
Tras un largo recorrido por festivales (FIDBA, IDFA, FIDOCS, FICViña, É Tudo Verdade) y antes de su inminente presentación en Asterisco, se exhibió en la muestra mineira el nuevo largometraje de la directora de Yasirée Trance.
Deserto Vértigo (Argentina, Chile/2025). Guion y dirección: Rocío Barbenza. Elenco: Elías Fernando, Ricardo López y Zita Espinoza. Edición: Francisco Hevial Vial y Rocío Barbenza. Fotografía: Mariano Toledo. Dirección de arte: Sofia Cascardo y Victoria Andrade. Sonido: Jerónimo Kohn. Duración: 76 minutos.
En la presentación previa a la proyección, Rocío Barbenza definió -un poco en broma pero también en serio- a su película como “un documental de ciencia ficción” y sobre ese concepto ahondó en el Q&A posterior en la sala Humberto Mauro del hermoso Palácio das Artes de Belo Horizonte. Y no se trata apenas de una boutade, una provocación o una ingeniosa idea de marketing porque algo de tono apocalíptico y distópico hay en Deserto Vértigo, aunque a su propuesta también le caben varias otras caracterizaciones: un híbrido que bebe del archivo e incursiona con asiduidad en el lenguaje del cine experimental, un documental político y hasta con ciertos coqueteos con la ficción a partir de unas performances que tienen algo de improvisado y otro tanto de construcción actoral.
La película comienza con imágenes de la feroz y brutal represión contra los manifestantes que en 2017 protestaban contra la reforma previsional impulsada por el entonces gobierno de Mauricio Macri y de allí el film irá saltando de lugares, de estilos y de personajes. De los estruendos de los gases lacrimógenos y las balas de goma a los beats de la música electrónica en un baile desaforado con los jóvenes entrando en estado de trance (ese trance y las imágenes desérticas remitirán de a ratos a la mulitpremiada Sirât, de Oliver Laxe; y en otros viene a la memoria Nostalgia de la luz, del recientemente fallecido Patricio Guzmán).
Pero en Deserto Vértigo no hay raves en el norte de Africa como en el film de Laxe sino un personaje errante que deambula, vaga por el desierto de Atacama hasta recalar en Chacabuco, más precisamente en una salitrera abandonada (allí funcionó también un campo de concentración durante la dictadura de Pinochet). En ese paraje todo parece haber sido abandonado, incluso unos viejos barcos que Barbenza filma como si fueran OVNIs en esa árida zona. La única presencia humana que hay en el lugar es la de un viejo cuidador que más que cosas concretas parece velar por los fantasmas de la zona.
El concepto “experiencia inmersiva” es a esta altura un lugar común, pero en el caso de Deserto Vértigo realmente aplica porque es uno de esos films en los que no hay una trama clásica, un destino fijo, una resolución complaciente y tranquilizadora. Hay que sumergirse en el universo (o, mejor, en los múltiples universos) que construye la directora y dejarse llevar por la corriente, por la deriva de un relato desafiante que en varios pasajes consigue imágenes y climas tan atrapantes como fascinantes (en otros, uno puede quedarse fuera pero seguir acompañando el andar orgullosamente zigzagueante, serpenteante que propone Barbenza).
Lejos de apostar al verosímil, a la lógica, a las justificaciones tranquilizadoras, Deserto Vértigo nos invita a una experiencia del orden de lo alucinatorio, un viaje surrealista (casi siempre de corte pesadillesco) con una mirada desencantada sobre el estado de las cosas en estos tiempos aciagos y no demasiado esperanzadora sobre los que están por venir.
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