Críticas

Cine argentino

Homenaje a Adolfo Aristarain: crítica de “Martín (Hache)”

Con motivo del fallecimiento de uno de los grandes directores argentinos de todos los tiempos iremos recuperando varios textos sobre su cine.

Estreno 17/04/1997
Publicada el 27/04/2026

La gran película argentina de los 90

(Esta crítica fue publicada en LA MAGA el miércoles 9 de abril de 1997)

El 17 de abril próximo se producirá un verdadero acontecimiento: cuando Martín (Hache), noveno largometraje de Adolfo Aristarain, llegue a los cines, el público podrá finalmente encontrarse con el gran filme nacional de la década. Se trata de una película –una obra generacional, un manifiesto, un aullido desesperado– que seguramente generará todo tipo de reflexiones, debates y, básicamente, emociones. Aristarain rescata algunos conflictos de Un lugar en el mundo y ahora los reformula, los complejiza y los suma a una película que constituye una de las observaciones más duras, incómodas y punzantes de este país que haya entregado una obra de arte en los últimos tiempos.

Una de las supuestas reglas de oro del periodismo es que la crónica debe ser escrita en tercera persona. Pero este periodista (así es como uno tendría que referirse a sí mismo) no tiene ninguna intención de respetarla. Es que todo aquello que Martín (Hache) provocó en mí, las sensaciones contradictorias (léase fascinación por su factura, angustia e irritación por todas las miserias que describe), resulta mucho más potente que el "profesionalismo" al que un crítico tiene que apelar a la hora de analizar una obra artística.

* * *

Cada vez que concurro a una privada, esto es, la exhibición previa al estreno de una película que generalmente se realiza en el microcine de la compañía distribuidora, llego munido de una lapicera y un block de hojas con la idea de apuntar allí diálogos y observaciones. Nosotros, los críticos, hemos desarrollado la rara habilidad de escribir a oscuras y en esas estrambóticas posturas que sólo permite el rígido marco de una butaca. Eso fue lo que intenté hacer la primera vez que vi Martín (Hache). Pero esa actitud distante (profesional) duró lo que tenía que durar. A los pocos minutos, y sin que me hubiera dado cuenta, ya no tenía en mis manos ni el block ni la lapicera. Alcancé a pisarlos. Ya no estaba analizando. Estaba viviendo (sufriendo y gozando) la película.

* * *

Mis amigos suelen preguntarme si los críticos nos emocionamos con las películas o si sólo las vemos para encontrar errores o juzgar el virtuosismo de sus hacedores. Por lo que escribimos (y por cómo lo escribimos) muchas veces parecería que los filmes no nos afectan en lo mínimo. No sé qué harán mis colegas, pero si sé que salieron (salimos) de la sala con los ojos enrojecidos. Sí, Aristarain logró que veinte críticos lloraran. No es poco.

* * *

Pocas veces me sentí tan mal después de ver una película tan buena. Aristarain me había hecho llorar con recursos genuinos (muchas veces lagrimeo por los habituales golpes bajos de esos filmes de hondo contenido humano y esa reacción me provoca una gran indignación). Cuando abandoné el microcine y comencé a caminar (a deambular) por Corrientes, me sentía como un zombie, o mejor, como un boxeador después de recibir una de esas palizas que no se olvidan de por vida, tan perturbado que hasta era inmune a los bocinazos o a los empujones de la gente. Casi sin darme cuenta, Aristarain me había clavado un estilete hasta el fondo. Al principio no vi sangre, pero a medida que pasaban los minutos, sentía que el dolor era más y más fuerte.

* * *

Siempre me gustó Aristarain. Cuando comencé a estudiar periodismo, el primer día de clase precisamente, nos dijeron: "Piensen en un personaje del exterior y en uno argentino a quienes quisieran entrevistar". Yo, cinéfilo por herencia, pensé en Martin Scorsese y Adolfo Aristarain. El año pasado estuve cerca de conocer en Nueva York al director de Buenos muchachos. Llegué a contactar (y a convencer) a su agente. No pudo ser. A Aristarain, por suerte, pude hacerle seis o siete reportajes. En aquellos encuentros descubrí un hombre inteligente, lúcido y contradictorio, sensible pese a su coraza externa, y con un particular sentido del humor. Un vasco hecho y derecho.

* * *

Vincent Canby, uno de los referentes del diario The New York Times, dijo alguna vez que ningún crítico debería siquiera conocer personalmente a un director. "Una vez que te invitan a comer, estás perdido", opinó. Puede que tenga razón. De hecho conozco a muchos periodistas que se hacen amigos de los cineastas y luego no se animan a cuestionar sus obras. Yo no soy amigo de Aristarain, aunque lo conozco demasiado como para ser imparcial a-lo-Canby. No debería decir que lo admiro, pero después de ver, "Martín (Hache)" no me queda otra: me rindo.

Martin hache critica 3

Siempre critiqué a aquellos medios que tienen una lista de selectos monstruos sagrados (artistas a los que, hagan lo que hagan, siempre se les rinde pleitesía) y a sus autores odiados, incapaces de redimirse aún cuando conciban una obra maestra. Ahora soy yo el que corre el riesgo de ser acusado de obscuente, por más que sé que soy capaz de pegarle a una eventual mala película de Aristarain. Lo que no sé, lo que realmente me paraliza, es si mi capacidad de reflexión o la calidad de mi escritura están a la altura de una obra tan profunda, tan importante como ésta.

* * *

Aunque no soy de esos críticos que llenan el 70 por ciento de su reseña contando el argumento, de aquí en adelante voy a describir algunos pasajes y transcribir algunos diálogos de Martín (Hache). Necesito hacerlo. Si usted llegó hasta aquí y es de aquellos que se ofuscan cuando le anticipan pasajes de un filme antes de haberlo visto, deje de leer. Si quiere, puede retomar esta nota cuando vuelva del cine.

"Es un buen artesano que sabe narrar. Respeta el oficio que ha elegido. Sus películas tienen estilo, pero su corazón no está en ninguna." "A él le hubiera gustado estar a sueldo en la RKO, pero nació a destiempo." (Dante/Eusebio Poncela, sobre el oficio y director de cine Martín/Luppi.)

A Aristarain se lo ha reconocido (y a él le ha gustado que así fuera) por el ajustado tratamiento del cine de género, por su falta de esas ambiciones desmedidas a las que son tan afectos los directores argentinos. Es (era) –como dice Dante en Martín (Hache)– "un buen artesano que sabe narrar". Pero aquí comienza la paradoja: Martín (Hache) es un filme ambicioso, y aunque en ciertos aspectos emparentado con Un lugar en el mundo, muy alejado del cine que había hecho hasta ahora. Con éste, su noveno filme, Aristarain se destapa, se desangra, se expone. Dice, protesta, grita. Un filme visceral, hecho desde el corazón, desde el alma. Con sensibilidad, con talento y con bronca. Una película que coquetea con el escepticismo y el nihilismo y que deja, apenas, un hilo de esperanza para una sociedad moribunda.

"Perdí la mano... Ya no hay historias. Las contaron todas."
(Martín justificando por qué no vuelve a dirigir tras nueve años sin filmar.)

Martín (Hache) habla de un montón de cosas: la relación padre-hijo, el desamparo y los prejuicios que sufren los adolescentes, el exilio, la contradictoria relación con el éxito profesional y económico, la hipocresía de la clase media progresista, el uso inteligente (y también el enfermizo) de la droga, las relaciones de pareja, el suicidio, el (falso) nacionalismo, la amistad, la nostalgia porteña, los lazos de solidaridad, los principios éticos, la derrota... Y entonces surge, inevitable, la pregunta: ¿Aristarain filmó una película plagada de diálogos y bajadas de línea, ambiciosa por donde se la mire? Sí, y es su mejor película. Su consagración. Su obra maestra. Sigue siendo (vaya si lo es) "un buen artesano que sabe narrar". Pero, desde ahora, es también un poeta, ácido y crítico, un observador lúcido de esta angustiante Argentina de los 90. Alguien que, parafraseando a su amigo Fito Páez, vino y ofreció su corazón.

"La patria es un cuento. Argentina es un país donde no se puede ni se debe vivir. Un lugar saqueado, depredado. Argentina no es un país, es una trampa. Y la trampa es creer que se puede cambiar... Son muy hábiles los fachos. Son unos hijos de puta, pero son inteligentes. Trabajan a largo plazo."
(Martín a su hijo Martín (Hache)/Juan Diego Botto.)

La película empieza en un boliche donde tocan bandas hardcore (una de las estructuras musicales más radicales y potentes del rock). Los chicos bailan alocadamente el pogo. Hache se abre paso a los empujones y se encuentra con que su ex novia está besando a otro pibe. Él la encara y le pide hablar a solas. Ella acepta. Se acarician, se rechazan. "Estás muy mal, estás muy loco. Me hacés mal a mí", le dice ella.

¿Qué hace el viejo Aristarain en un bar donde los adolescentes juegan a ser rebeldes, donde abundan la droga, el alcohol y el desenfreno? Simple: Aristarain se ha vuelto punk. Este melómano (jazzero), barbudo, panzón, medio pelado-medio canoso no necesita bailar pogo ni tener una cresta verde o anaranjada en la cabeza (sería bastante ridículo, por cierto). Ni siquiera tiene que poner un disco de Sepultura o de A.N.I.M.A.L. en su compactera. El No Future del Londres de los 70 reaparece en Martín (Hache). A su manera, claro. Aristarain –creo– se cansó de discutir por los créditos y la Ley de Cine. Como un pibe de hoy, hastiado de tantas falsas promesas, tanto discurso hueco, agarró lo que tenía más a mano (un guión, una cámara) y decidió contar lo que le pasa a él y a su grupo de amigos-actores. Martín (Hache) es, en ese sentido, el Gran Manifiesto de los 90 del clan Aristarain. Una visión que reformula y/o complementa a Un lugar en el mundo.

Martin hache critica 2


"Nunca se le va a cumplir el sueño dorado de cualquier padre: sentirse orgulloso de lo que ha llegado a ser su hijo."
("Martín (Hache)" a Dante, acerca de la relación con su padre.)

Bruno, el hijo de Aristarain, aparece en la secuencia inicial de la película. Junto con su grupo –que no casualmente se llama N. N.– tocan en un tema que ofrece una típica (para las bandas del palo) letra contestataria.

Aunque Bruno tiene algunos años menos que los 19 de Hache no es difícil apreciar la significativa importancia que en esta película ha tenido la relación de Aristarain con su hijo. Un ejemplo: recuerdo que, hace ya varios años, me sorprendí (gratamente) cuando los vi a ambos saliendo de Obras tras un recital de la banda de hard-funk The Red Hot Chili Peppers. En aquella oportunidad, así como cuando su hijo toca o escucha música a todo volumen en su cuarto, Aristarain debe haber tenido la misma sensación que

Martín padre sufre en la película cuando Martín hijo lo despierta, a las 8.12 de la mañana, con el sonido de su guitarra brotando, hiriente, del amplificador.

Estoy seguro de que la importancia de Bruno en la gestación de la película no se remite apenas a esa anécdota musical. El personaje de Hache es tan convincente (y tan bien interpretado por Botto) que es impensable que el director no haya robado jugosos detalles al observar o al dialogar con su hijo.

"Ustedes son tan corruptos, tan hipócritas como siempre, pero creéis tener la conciencia tranquila porque habéis aplaudido a rabiar una obra bien de izquierda. La Revolución no se hizo. Sois unos farsantes y me niego a ser cómplice de esta farsa."
(Dante, mientras abandona el escenario en medio de una función.)

Nadie puede discutir que el discurso de Aristarain, Luppi, Cecilia Roth o Fito Páez (coproductor y autor de las canciones del filme) siempre estuvo emparentado con el de la clase media progre argentina, por más que hoy sean tipos exitosos que tienen un pasar bastante más holgado que el de la inmensa mayoría de la intelligentzia local. Lo que queda en claro después de ver Martín (Hache) es que esa pertenencia les produce, hoy por hoy, algo más que incomodidad. Rechazo, indignación, asco podrían ser algunos de los términos apropiados para definir la sensación. La película cuestiona casi todos los valores sustentados por ese grupo social: desde el glamour del éxito hasta la constante intelectualización de los conflictos (y los sentimientos), pasando por la contradictoria, por momentos esquizofrénica, relación que mantienen con sus hijos. Al lugar común de Martín padre frente al desconcierto de su hijo ("Hacé veinte cosas y dejálas, pero por lo menos probá"), Hache responde: "¿Te bancarías que tu hijo fuera un mediocre?". Golpe de nocaut.

Aristarain descree. Cuestiona y se cuestiona. Su mensaje podría ser: terminemos con los lugares comunes, con las justificaciones tranquilizadoras, con las medias tintas, con los arquetipos. En este sentido, la frase que suelta Alicia/ Roth es elocuente: "No soy fea, tengo el sí fácil y el orgasmo todavía más fácil. Soy apasionada, nada de celos, moderna, pragmática. En definitiva, una pelotuda".


Otros textos publicados

Entrevista conjunta de Diego Batlle a Aristarain y su actor-fetiche Federico Luppi aparecida en 1997 en la revista La Maga.

Crítica de Lugares comunes

Crítica de Roma

COMENTARIOS

  • SIN COMENTARIOS

DEJÁ TU COMENTARIO


CRÍTICAS ANTERIORES


Homenaje a Adolfo Aristarain: crítica de “Roma”
Diego Batlle

Con motivo del fallecimiento de uno de los grandes directores argentinos de todos los tiempos iremos recuperando varios textos sobre su cine.

LEER MÁS
Homenaje a Adolfo Aristarain: crítica de “Lugares comunes”
Diego Batlle

Con motivo del fallecimiento de uno de los grandes directores argentinos de todos los tiempos iremos recuperando varios textos sobre su cine.

LEER MÁS
Crítica de “Letras robadas” (“Power Ballad”), película de John Carney con Paul Rudd y Nick Jonas
Diego Batlle

-El irlandés John Carney, director de éxitos como Once (2006), ¿Puede una canción de amor salvar tu vida? / Begin Again (2013), Sing Street: Reviviendo los 80s (2016) y Flora e hijo (2023), regresa al universo del crowd-pleaser musical con su habitual encanto, gracia y sensibilidad.
-Tras su presentación en festivales como los de Dublin y SXSW (South by Southwest) y su proyección como película de cierre del BAFICI, su estreno comercial en los cines argentinos anuncia para el 11 de junio.

LEER MÁS
Crítica de “Apex”, película de Baltasar Kormákur con Charlize Theron y Taron Egerton (Netflix)
Diego Batlle

A punto de cumplir 51 años, la sudafricana Theron hace gala de su destreza física en un intenso thriller psicológico dirigido con pulso firme por el islandés Kormákur.

LEER MÁS