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Festival de San Sebastián 2026: Crítica de “Pedro en el país”, película de María Alché y Benjamín Naishtat (competencia Zabaltegi Tabakalera)

-La sección más radical de la muestra vasca tuvo como film de apertura a este documental que, a partir de una larga entrevista con Pedro Catella, indaga en las figuras de su madre Alicia Eguren y de una suerte de padre adoptivo como fue John William Cooke, mientras se recorren hitos de la lucha revolucionaria durante la segunda mitad del siglo XX.
-Este largometraje de la dupla detrás de Puan (2024) tendrá su estreno latinoamericano dentro de pocos días en el FIC.UBA.

Publicada el 18/09/2026

Pedro en el país / Pedro in the Land (Argentina, México, Noruega/2026). Guion y dirección: María Alché y Benjamin Naishtat. Fotografía: Marcelo Lavintman. Edición: Nubia Campos Viera. Sonido: Carmen Lavintman. Duración: 61 minutos. Estreno mundial en la sección Zabaltegi Tabakalera.

Deben haber muy pocas parejas más admiradas y que adquirieron un carácter más mítico dentro del espectro del peronismo de izquierda que la que conformaron Alicia Eguren y John William Cooke. Ambos murieron muy jóvenes (ella fue secuestrada el 26 de enero de 1977, fue vista en la ESMA y se cree que su cuerpo fue lanzado desde un helicóptero a las aguas del Río de la Plata en uno de los denominados vuelos de la muerte cuando tenía 51 años; él murió de cáncer el 19 de septiembre de 1968,, con apenas 48), pero sus discursos, sus escritos, sus acciones, sus legados siguen siendo significativos para varias generaciones de militantes.

Pedro Gustavo Catella Egure fue testigo privilegiado de aquella historia de amor y efervescencia política, ya que era el hijo de Alicia, pero también un hijo por adopción de Cooke, con quien compartió miles de aventuras y anécdotas que va desgranando durante los concisos 61 minutos de Pedro en el país.

Catella se radicó hace décadas en Ciudad de México y hasta allí viajan los directores para entrevistarlo. Antes, de todas formas, hay un doble prólogo en los que se muestran imágenes de archivo de 1968, cuando el DF se preparaba para los Juegos Olímpicos; mientras que Lucia Arduriz y Mariano Llinás leen las cartas que Alicia y John intercambiaron entre 1955 y 1957 desde las distintas cárceles a las que fueron enviados tras el sangriento derrocamiento de Perón en el '55. El primer preámbulo tiene que ver con que, luego del evento deportivo, la Villa Olímpica fue reconvertida en un barrio en el que se instalaron miles de refugiados provenientes de toda América Latina (Catella incluido), mientras que las misivas sirven como contexto de la intensidad de aquella relación.

De todas maneras, el eje vertebral del relato pasa por la charla con Catella (los directores no aparecen en pantalla y apenas se dejan algunas preguntas o repreguntas), quien pasa de la admiración hacia su madre (quien llegó a ser lugarteniente del Che Guevara) y su veneración por Cooke a la emoción y la bronca por cómo se desencadenaron los hechos. Es una crónica sobre la política argentina, latinoamericana y mundial de las décadas de 1950, 1960 y 1970 hecha en muchos pasajes desde el dolor, la derrota y cierto resentimiento (es muy despectivo cuando cuenta su regreso a la Argentina en 1984 con el alfonsinismo en el poder), más allá de que los principios, valores e ideales puedan mantenerse inalterables.

El testimonio de Pedro es muy rico y va desde la reconstrucción de los hechos (cómo él transportaba en su pequeña corbata documentos secretos de la resistencia peronista rumbo a Chile escondidos en su pequeña corbata con tan solo 9 años y cómo a los 17 ya era un tirador de élite) hasta situaciones incómodas (como el supuesto romance entre su madre y el Che o las veces que Cooke lo llevaba al hipódromo de Maroñas en Montevideo para apostar y dilapidar el dinero que había ganado en partidas de póker), pasando por reflexiones sobre lo que fue no tener una niñez convencional o los distintos dilemas y desafíos que tuvo que (o fue obligado a) atravesar.

La diversidad y disparidad de anécdotas que cuenta respecto de la relación de Eguren y Cooke con Perón habla del zigzagueante accionar del líder justicialista, quien fue desarmando la potencia de la resistencia peronista y cualquier alternativa de una salida revolucionaria por la que abogaba esa pareja.

Espiados por la CIA y las fuerzas de seguridad hasta cuando salían de compras, Cooke y Pedro solían ir al cine (el padrastro odiaba las películas de Ingmar Bergman y en cambio amaba los westerns con Gary Cooper y John Wayne) y después a cenar al Palacio de la Papa Frita.

El fusilamiento del Che que les pegó tan de cerca, la depresión de Alicia tras la muerte de John (estuvo encerrada durante más de un año y “revivió” recién con la explosión del Cordobazo), los debates y la violencia alrededor del regreso de Perón, el surgimiento de la Triple A que su madre anticipó bastante antes de su siniestro esplendor y el final de Eguren tras cometer un error fatídico son algunos de los fragmentos más desgarradores de un film en el que se utiliza poco material de archivo (el que hay es muy bueno y uno extraña más imágenes de aquellas épocas).

Austera, ascética, incluso minimalista para el tenor de los hechos que describe, Pedro en el país confía en la potencia de los dichos de un protagonista que convive con sus propias miserias y contradicciones. Los ojos de los cineastas se aprecian en pequeños detalles (cuando filman las piernas de Catella en un permanente movimiento nervioso), pero aquí lo principal fue encontrar, filmar, escuchar y condensar lo que este testigo de las historias y de la Historia tenía para decir. En tiempos de invisibilización de la lucha revolucionaria, del auge de los discurso de odio, de la batalla cultural emprendida desde las derechas en el poder y de reivindicaciones como las de Juan Villegas en la reciente No matar, esta película surge como un acto de memoria y resistencia.

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