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Festival de Cannes 2026: Crítica de “Fjord”, película de Cristian Mungiu con Sebastian Stan y Renate Reinsve (Competencia Oficial)
-El director rumano, ganador de la Palma de Oro en 2008 por 4 meses, 3 semanas, 2 días, volvió a Cannes con otro film incómodo y fascinante a la vez que tiene muchas aristas para la polémica encarnizada.
-Actualización: Ganadora de la Palma de Oro.
Fjord (Francia, Noruega, Suecia, Dinamarca, Rumania/2026). Guion y dirección: Cristian Mungiu. Elenco: Sebastian Stan, Renate Reinsve, Lisa Carlehed, Ellen Dorrit Petersen, Lisa Loven Kongsli, Henrikke Lund-Olsen, Vanessa Ceban, Christian Rubeck y Markus Scarth Tønseth. Fotografía: Tudor Vladimir Panduru. Edición: Mircea Olteanu. Música: Kaspar Kaae. Duración: 146 minutos. Estreno mundial en la Competencia Oficial.
A simple vista, con una mirada superficial y basada en prejuicios ideológicos, Fjord será definida como una película reaccionaria y peligrosa. Es que se trata de una crítica despiadada a la intolerancia, pero en este caso de la burocracia progresista de los organismos públicos noruegos. Y, si encima se agrega que las víctimas de los woke son unos evangelistas ultraconservadores, todo queda servido en bandeja para la indignación.
Es cierto que Fjord puede resultar muy inquietante y hasta irritante para quienes profesamos ciertos valores y también que podría ser utilizado por ciertos sectores de la derecha para cargar contra el accionar de ciertos servicios como, en este caso, el que defiende a los menores de edad del abuso de sus padres, pero -reitero- creo que si uno trasciende esa incomodidad inicial Mungiu nos sumerge en varias cuestiones fundamentales de la sociedad liberal como el respeto a los derechos, tradiciones y hábitos de las minorías por más cuestionables que nos puedan parecer.
Luego de semejante introducción es importante contar lo que ocurre en la primera parte de Fjord. Mihai (Sebastian Stan) y Lisbet (Renate Reinsve) se radican con sus cinco hijos (dos ya son adolescentes y el menor es un bebé) en una gélida isla noruega. La comunidad los recibe con los brazos abiertos (sobre todo la evangélica) y rápidamente ese hombre rumano (Stan tienen raíces de ese país) y esa mujer noruega se integran en lo laboral y lo social, mientras los hijos mayores lo hacen en el ámbito escolar.
Los padres son extremadamente rígidos con los chicos, a quienes no dejan tener celular, ver YouTube, jugar a los videogames, escuchar música moderna ni bailar. Para colmo, además de hacerlos rezar a cada rato, suelen trabajarles la culpa y castigarlos, a veces con unas palmadas en el trasero. Un día, una integrante del colegio descubre que Elia (Vanessa Ceban) tiene unas heridas en el cuerpo, que bien podrían ser de las prácticas de lucha libre que hacen en el mismo centro educativo, pero el protocolo hace que se radique una denuncia. En una zona de avalanchas de nieve, lo que se vendrá será un vendaval para los Gheorghiu porque les quitarán la tenencia de sus hijos -incluido al bebé que todavía es amamantado por Lisbet- hasta que se resuelva el caso en el terreno judicial.
La creciente maraña de funcionarios de las agencias sociales, policías, abogados, fiscales y jueces, más el revuelo social, político y mediático que genera, convertirán a la segunda mitad del film (básicamente un thriller judicial) en un duelo dantesco. Hay en el relato de Mungiu varias capas adicionales (las relaciones con los vecinos, la intensa amistad que Elia establece con una compañera de colegio, un anciano que ya no quiere vivir, el importante grado de organización que tienen los sectores evangélicos), pero el conflicto principal pasa por un dilema ético y moral, de valores y principios, entre ambas posturas. El realizador de Occident, Tales from the Golden Age, Más allá de las colinas, Graduación y R.M.N. cuestiona los fanatismos que hay de un lado y de otro, pero si resultaba fácil denunciar la educación a esta altura retrógrada de estos padres, resulta tan o más duro con la sobreactuación y frialdad, las contradicciones y hasta el autoritarismo con que muchas veces se manejan los burócratas de una sociedad supuestamente tolerante y bienpensante como la noruega.
Con los aportes de un elenco notable y de su habitual director de fotografía Tudor Vladimir Panduru, aprovechando las locaciones reales en un típica región nevada al que solo se accede por ferry, haciendo del pueblo chico un infierno cada más grande, pero sobre todo escapando del facilismo de filmar “para la hinchada”, arriesgándose a ser atacado por unos, por otros y por todos en tiempos de polarización, Mungiu construyó una película con múltiples hallazgos y mucho material para la discusión apasionada. No es algo frecuente en el cine contemporáneo.
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