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Berlinale 76
Festival de Berlín 2026: crítica de “Forêt Ivre” (“Forest High”), película de Manon Coubia (competencia Perspectives)
Una de las más valiosas propuesta presentadas este año en la competencia dedicada a primeros largometrajes.
Forêt Ivre / Forest High (Bélgica, Francia/2026). Guion y dirección: Manon Coubia. Elenco: Salomé Richard, Aurélia Petit, Anne Coesens, Arthur Marbaix y Yoann Zimmer. Fotografía: Robin Fresson. Edición: Theophile Gay-Mazas. Duración: 102 minutos. Estreno mundial en la competencia oficial Perspectives.
Tres mujeres, tres episodios, un mismo lugar. Así que quizá podamos comenzar por esto último: Forêt ivre tiene lugar en un refugio en los Alpes, un caserón de montaña donde los excursionistas pueden pasar unas noches, compartiendo habitación y espacios comunes. Se trata de un lugar ciertamente aislado, de paso, de retiro, rodeado de una pared rocosa, con nieve en invierno, verde en verano y poca cobertura telefónica. Las tres mujeres, Anne, Hélène y Suzanne, son las que, por turno, cuidan del albergue. Y cada una de ellas tiene su historia, sus motivos para estar ahí que no son siempre diáfanos, su relación con la soledad.
Las transiciones entre un episodio y otro se establecen por un plano en negro que separa cada una de las historias y define también las distintas personalidades de cada una de ellas. Anne está ahí con su hija, quien cree que ella nunca podrá irse de ahí. Es callada, y atiende las necesidades de los huéspedes, pero solo alcanza a establecer vínculo con un joven en busca del último ejemplar de un tipo de pájaro que se creía en extinción. Hélène es algo más sociable, baila con algunos de los viajantes e incluso lee poesía a un grupo de mujeres mayores que pasan unos días en el refugio; y no es extraño, lo poético es inherente al paisaje y a la propia película. Suzanne es algo mayor, ha tomado la decisión de viajar sola y así se lo cuenta a un joven soldado que será el único que la acompañe en el albergue durante todo el episodio, y con quien comparte vino, queso y soledad.
Las personalidades de cada una se van modulando, y también el paisaje con sus estaciones y el propio tono de la película. La guionista y directora franco-belga Manon Coubia filma ese rincón en las montañas con gran delicadeza, aceptando la luz, la nocturnidad y sobre todo los sonidos. En este sentido, el último episodio es un pequeño prodigio: en la cama, Suzanne escucha ruidos, maderas que crujen, pasos del soldado, no sé sabe qué. Poco después, el chico le contará que su abuelo había estado ahí con unos compañeros, refugiándose de los alemanes en tiempo de la invasión; a veces, dice, todavía cree ver a su abuelo ahí, sentado. Callada y hermosa, Forêt ivre se abraza así en un momento a la posibilidad de lo fantástico y los ruidos se tornan fantasmagóricos. Es la última sugerencia de una película que parece un susurro.
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