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Crítica de “Un amor posible” (“Possible Love”), película de Lee Chang-dong (Netflix)
-Con apenas 6 largometrajes previos y solo tres en los últimos 16 años, el brillante director de Green Fish (1997), Peppermint Candy (1999), Oasis (2002), Secret Sunshine (2007), Poesía para el alma (2010) y Burning (2018) ganó el Gran Premio del Jurado y el de la crítica FIPRESCI en la reciente Mostra de Venecia con un implacable y exquisito film que aborda las crisis matrimoniales y las diferencias de clase.
-Disponible en Netflix desde el viernes 6 de noviembre.
Un amor posible / Possible Love / Ga-neung-han sa-rang (Corea del Sur/2026). Dirección: Lee Chang-dong. Elenco: Jeon Do-yeon, Sul Kyung-gu, Zo In-sung y Cho Yeo-jeong. Fotografía; Kim Ji-yong. Edición: Kim Da-won. Música: Jung Jaeil. Duración: 164 minutos. Disponible en Netflix desde el viernes 6 de noviembre.
Desde la ranura de una puerta, un niño observa. Lo que ve son a cuatro adultos, borrachos, cantando en un karaoke. El chico mira, gira y vuelve a su cama. Lo que pase por la cabeza de ese chico, no se explicitará: a lo largo de Un amor posible, él será el espectador callado de un encuentro entre clases sociales, entre sus padres, de clase obrera, y una pareja adinerada. Los dos matrimonios se han conocido por azar. En un párking, Mi-ok, la madre del chico, ha perdido su anillo frente al coche de unos desconocidos; tras encontrarlo, ella se echa a llorar. Un tiempo después, las dos mujeres parecen haberse hecho amigas. El encuentro está filmado otorgándole la relevancia que tendrá para la trama, en un plano desde el auto, de noche, con la luz del vehículo. A partir de aquí, Lee Chang-dong irá diseccionando las relaciones personales: la crisis matrimonial y, sobre todo, las diferencias de clase.
Ocho años han pasado desde que Lee Chang-dong estrenara Burning; ahora, con Possible Love, plantea otra película de largo recorrido (164 minutos), que va modulando los vínculos y su complejidad. Entre una pareja y otra se dispone una intención, la de Ye-ji, la mujer adinerada, que quiere hacer un documental sobre el marido obrero, que ha sido despedido en una fábrica y que tenía un proyecto sindical que le ha dejado serias secuelas que de momento calla. Buena parte de Un amor posible versa en torno a esa grabación: las explicaciones de la mujer, los recuerdos que se presentan en forma de flashback, la intrusión de la cámara en escenas aparentemente cotidianas y el anhelo de la realizadora de que el marido al fin se abra.
Sin embargo, la cámara de Ye-ji no es la única que aparece en la película. Como sucede a menudo en el cine de Lee Chang-dong, en algún punto hay una deriva, que aquí llega en la parte final, cuando todos van a la casa en la playa de los ricos. Ahí, el chico se hace amigo del jardinero, un enano que de pequeño jugaba con el amo de la casa, en otro "posible amor" entre clases que se prueba finalmente imposible. Mientras las dos parejas se enredan en tensiones latentes, el chico y el jardinero observan a través de otras cámaras, las de seguridad, que capturan también ese curioso experimento antropológico que se está dando en la casa.
En Un amor posible hay alguna descripción de trazo grueso, dispuesta a reforzar la crítica social. En este sentido, podría haber ecos de Parásitos / Parasite en el tema, pero la película de Lee Chang-dong se sitúa, en términos de puesta en escena, en las antípodas de la de Bong Joon-ho. Si Parásitos proponía un trabajo de precisión y simetrías; Un amor posible se formula como un río que va corriendo con parsimonia hasta alcanzar su máximo caudal.
En un momento de Un amor posible, la directora desiste de filmar la fábrica porque la acción, el trabajo es "excesivamente repetitivo" y, por lo tanto, según ella, poco interesante. Es decir, a ella no le interesa el obrero, sino su realización personal como cineasta. Hacia el final de A veces me entra tristeza, otras veces rebelión, de María Aparicio, que se pudo ver también en el Festival de San Sebastián, el investigador interpretado por Roger Koza deja momentáneamente el estudio de los libros y lleva a cabo una serie de entrevistas con trabajadores. No es solamente a través del personaje que se propone el gesto político, sino que es la propia obra la que sella su compromiso con el cine y con el mundo, exponiendo cómo hacer una película sobre el trabajo y por tanto sobre la clase.
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