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Festival de Cannes 2025: crítica de “Kika”, ópera prima de Alexe Poukine (Semana de la Crítica)
El drama de una mujer que ingresa en una profunda crisis existencial tiene una muy particular vuelta de tuerca en este primer largometraje de la franco-belga Poukine que compite en una de las secciones paralelas del festival.
Kika (Bélgica, Francia/2025). Dirección: Alexe Poukine. Elenco: Manon Clavel, Ethelle Gonzalez Lardued, Makita Samba, Suzanne Elbaz, Anaël Snoek, Thomas Coumans, Kadija Leclere y Bernard Blancan. Guion: Alexe Poukine y Thomas Van Zuylen. Fotografía: Colin Leveque. Edición: Agnès Bruckert. Música: Pierre Desprats. Duración: 110 minutos. Estreno mundial en la sección Semana de la Crítica (en competencia).
Kika (la dúctil actriz francesa Manon Clavel) trabaja en una agencia pública de asistencia social y se desvive para intentar satisfacer los innumerables pedidos de apoyos, beneficios y subsidios con pocas chances de concretarlos (para el otorgamiento de una vivienda pública hay demoras de hasta diez años). Pero quien en verdad necesita ayuda es ella: se enamora de manera apasionada de un hombre llamado David (Makita Samba), se separa de Paul (Thomas Coumans), su pareja desde hace 17 años, queda embarazada de su segundo hijo y de golpe ese nuevo amante muere a causa de un infarto.
Casi sin recursos, sin apoyo familiar convincente y con buena parte de la crianza de su hija Louison (Suzanne Elbaz) a su cargo, Kika descubre otra forma de cumplir deseos ajenos, pero esta vez ganando muy buen dinero: empieza a tener clientes adeptos a prácticas sadomasoquista, a juegos perversos que pueden rozar (o cruzar) lo desagradable apelando a ropa interior usada, excrementos, latigazos o lamidas de botas. En ese nuevo terreno encontrará una suerte de guía y gurú en la experimentada (y desprejuiciada) Mary (Ethelle Gonzalez Lardued) y la compañía del resto de las profesionales del rubro.
Kika propone un viaje lleno de sorpresas, de cambios de rumbo, y la directora y coguionista Alexe Poukine logra que acompañemos a su protagonista con curiosidad, empatía y -admitámoslo- algo de morbo, pero sin caer en el regodeo en el sadismo, en esa crueldad tan predominantes en el cine de Cannes. Nunca es tarde para reinventarse.
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