Críticas
Estreno en cines
Crítica de “La guerra de los últimos” (“The Dog Stars”), película de Ridley Scott con Jacob Elordi, Margaret Qualley, Josh Brolin y Guy Pearce
El ya casi nonagenario director inglés de clásicos como Alien, Blade Runner, Thelma & Louise y Gladiador concreta una por momentos valiosa, pero muy irregular transposición de la aclamada novela La constelación del perro (The Dog Stars) que Peter Heller publicó en 2012.
La guerra de los últimos (The Dog Stars, Estados Unidos/2026). Dirección: Ridley Scott. Elenco: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Allison Janney, Benedict Wong y Guy Pearce. Guion: Mark L. Smith, basado en la novela de Peter Heller. Música: Harry Gregson-Williams. Fotografía: Erik Messerschmidt. Edición: Sam Restivo y Claire Simpson. Distribuidora: Disney (20th Century Studios). Duración: 118 minutos. Calificación: R-17 (Restringida).
Hay muchas mini películas que conviven (no siempre de forma armoniosa) en el más reciente largometraje del inoxidable e incansable Ridley Scott. La guerra de los últimos es un film apocalíptico (un incontenible virus de gripe arrasó con buena parte de la humanidad) en la línea de, por ejemplo, la serie The Last of Us, pero también un western futurista (la acción transcurre en 2035), una épica romántica (la Cima de Margaret Qualley tarda bastante en aparecer pero luego ilumina la pantalla), una sátira distópica (esperen a que llegue el show unipersonal de la desquiciada Darlene que interpreta Allison Janney) y de a ratos una historia de aventuras con múltiples viajes a bordo de un destartalado avión Cessna.
En ese ambicioso contexto, surgen varios pasajes de buen cine, secuencias que analizadas de forma independiente, como si fueran entes autónomos, se disfrutan en todo su esplendor, pero que en el marco de un relato de casi dos horas y vistas en su conjunto parecen arrestos dentro de una película inconsistente, desflecada, que parece siempre tironeada entre lo que se soñó en el origen y lo que quedó (en su segunda mitad hay saltos abruptos, como si los tijeretazos finales no hubiesen sido demasiado sutiles).
El longilíneo Jacob Elordi es Hig, un mecánico que ha perdido en pandemia a Melissa, su esposa que estaba embarazada, y -devenido en un alma en pena- solo encuentra cierto remanso a la hora de pilotear su avioneta y en la relación con su anciano perro Jasper. Hig vive en un aeropuerto abandonado en Erie, Colorado, junto a Bangley (Josh Brolin), un ex marine obsesionado por su sofisticado armamento y, gracias a él, por controlar que ningún intruso se acerque al lugar. Son, así, como dos opuestos complementarios. No conviene adelantar demasiado de la trama, pero en uno de los múltiples viajes que Hig suele hacer conocerá a Cima y a su rígido padre Pops (Guy Pearce). Y, desde entonces, ya nada será igual en ningún sentido.
La primera parte del film fascina porque es mucho más austera, minimalista y climática de lo que suelen ser las historias apocalípticas hollywoodenses (el guionista es Mark L. Smith y el director de fotografía es de Erik Messerschmidt, los mismos de Revenant: El renacido), mientras que la música de Harry Gregson-Williams, con ecos de las bandas sonoras de Gustavo Santaolalla, ayuda a construir climas sugerentes de una belleza desoladora en un mundo en el que todo el tiempo se perciben amenazan latentes que a la larga terminarán manifestándose de manera mucho más explícita y contundente.
El film tiene demasiadas derivas (como la relación con una comunidad menonita afectada por el virus y una enfermedad en la sangre) y, en ese sentido, parecería como que la novela hubiera funcionado mejor como serie, en una versión extendida y en episodios, que en este formato de largometraje de menos de dos horas. De todas formas, aunque deja una sensación algo frustrante, es de rescatar esos momentos -que por suerte son varios- en los que aparece el sello del mejor Ridley Scott, un director que más allá de los desniveles de los últimos tiempos ya tiene asegurado un lugar de privilegio en la historia del cine.
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