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Festival de Venecia 2025: crítica de “The Souffleur”, película del argentino Gastón Solnicki con Willem Dafoe (competencia oficial Orizzonti)
El director de Süden (2008), Papirosen (2012), Kékszakállú (2016), Introduzione all’Oscuro (2018) y A Little Love Package (2021) rodó casi íntegramente en un otrora lujoso y algo decadente hotel de Viena esta comedia excéntrica protagonizada por el gran actor estadounidense que acaba de cumplir 70 años.
The Souffleur (Argentina, Austria/2025). Dirección: Gastón Solnicki. Elenco: Willem Dafoe, Lilly Lindner, Stephanie Argerich, Gastón Solnicki, Imona Mirrakhimova, Claus Philipp y Camille Clair. Guion: Julia Niemann y Gastón Solnicki. Fotografía: Rui Poças. Edición: Ana Godoy y Alan Martín Segal. Productoras: Little Magnet Films (Gabriele Kranzelbinder, Paolo Calamita), Filmy Wiktora (Gastón Solnicki), Primo (Eugenio Fernández Abril) y KGP Filmproduktion. Duración: 78 minutos. Estreno mundial en la sección Orizzonti.
Voy a comenzar por el final. Tranquilos: no es spoiler porque se trata de una escena post créditos en la que Willem Dafoe baila cumbia y le sonríe al director (y aquí también actor) Gastón Solnicki mientras suena La pileta de vino, de Damas Gratis. Más allá de la inevitable carcajada que despierta ver a este mítico y camaleónico intérprete moviéndose con mucha gracia y encanto con música popular argentina de fondo, es una buena síntesis del espíritu que se desprende de esta experiencia artística: el encuentro, el intercambio, un duelo absolutamente lúdico presidido por el humor absurdo y diálogos que pendulan entre el inglés, el alemán, el castellano y el italiano. Y que sobre el final se escuche a Damas Gratis (y que en determinado momento Dafoe también se anime a rapear en una escena que transcurre en una pista de hielo) es un claro guiño cómplice por parte de un artista que muchas veces ha quedado emparentado con la “alta” cultura como Solnicki (de hecho para el resto del film eligió composiciones de Bach, Ligeti y Bartók).
Pero dejemos de lado ese regalo que aparece mientras vemos el rodante con los créditos de cierre y vayamos al corazón de la propuesta: Dafoe es Lucius Glantz, gerente del hotel Intercontinental de Viena (un edificio con una arquitectura, una estética y una decoración demodé para estos tiempos, pero mucho más pintoresco y atractivo que cualquiera de los impersonales y fríos inmuebles de la actualidad) que con la ayuda de su hija y de un puñado de empleados leales intenta mantenerlo funcionando como se pueda, mientras que Solnicki es Facundo Ordoñez, un empresario argentino que quiere comprar la propiedad para demolerla y levantar otro hotel más moderno. Sí, el director se reserva para sí el papel del villano (no tan villano), al que la voz de Glantz/Dafoe que se escucha en múltiples pasajes del film define como “de una familia de nuevos ricos, mediocre estudiante de arte” con una fijación obsesiva por el lugar que genera una mezcla repulsión y curiosidad.
De todas maneras, no pretendan de Solnicki una historia convencional de enfrentamientos (lo más parecido a eso es cuando Glantz concurre a un junta de funcionarios habitacionales en Viena para plantear la necesidad de preservar la fisonomía del hotel y le dicen que ahí se ocupan de la vivienda pública y no de emprendimientos privados), sino más bien una acumulación de viñetas que combinan capricho con creatividad, comicidad absurda y asordinada con capacidad de sorpresa e ingenio, como cuando el gerente empieza a tocar todos los botones del tablero de luz y en el plano siguiente vemos una panorámica del edificio mientras se prenden y apagan las luces de las distintas habitaciones. En ese sentido (el visual), Solnicki tuvo otra vez como aliado fundamental al talentoso director de fotografía portugués Rui Poças, que siempre parece dispuesto a trabajar cineastas argentinos (lo hizo, por ejemplo, con Lucrecia Martel en Zama).
Con mayoría de planos fijos en color (pero también con algunas irrupciones del blanco y negro en material de archivo), iremos siguiendo los pasos de Glantz (una suerte de torpe y querible Don Juan y bon vivant) y de algunos personajes secundarios, desde el mencionado Facundo Ordoñez hasta varias jóvenes empleadas, pasando por huéspedes del hotel (sí, varios argentinos).
Más allá del sello propio de Solnicki, es difícil desligar a The Souffleur de otras películas que transcurren mayormente dentro de hoteles (de Perdidos en Tokio a El gran hotel Budapest), mientras que por momento también tiene algunas conexiones con el cine de Ulrich Seidl (sin la perversión), de Roy Andersson, de Jim Jarmusch o de Elia Suleiman, aunque en los agradecimientos finales aparece Manoel de Oliveira y en la “teatralidad” del gran maestro portugués podría leerse también otra influencia posible.
Quedó dicho que The Souffleur prescinde de continuidades, de explicaciones y justificaciones, de crescendo dramático y de narrativas clásicas. Se entiende, por lo tanto, que la reacción del público pueda ser muy dividida. Es que siendo incluso la película más accesible y comercial de la filmografía de Solnicki probablemente sea también de las más radicales y audaces de esta edición de la competencia Orizzonti.
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