Críticas
Alquiler en streaming
Crítica de “EPiC: Elvis Presley in Concert”, de Baz Luhrmann (Flow, Claro Video, Movistar TV)
Tras un paso limitado por salas en febrero de este año, llegó a las plataformas de streaming en modalidad de alquiler este extraordinario registro sobre una de las mejores etapas artísticas del Rey, a fines de la década de 1960.
EPiC: Elvis Presley in Concert (Estados Unidos/2025). Dirección: Baz Luhrmann. Edición: Jonathan Redmond. Duración: 96 minutos. Para alquiler en plataformas de streaming como Flow ($650), Claro Video ($650), Movistar TV ($750), Apple TV (5 dólares).
Hay un prejuicio, un preconcepto, un facilismo, un lugar común y, en definitiva, un error garrafal de la historia melómana que indica que el Elvis Presley de Las Vegas fue un artista cursi y grasa que hacía disfrazado shows pasteurizados para viejos ricos sentados en mesas con champán. Con el correr de los años, sin embargo, la historia no oficial comenzó a reivindicar esa etapa, que es el corazón de este documental de Baz Luhrmann, a esta altura todo un “elvisnólogo”.
Elvis se presentó 1.100 veces en el International Hotel (luego Las Vegas Hilton) entre 1969 y 1976. Había noches en las que daba tres conciertos. Pero mucho antes de que las pastillas y los desórdenes alimentarios le pasaran factura a su cuerpo y a su voz convirtiéndolo en una parodia de sí mismo, Presley tuvo a principios de los '70 una época dorada, para algunos incluso la cúspide de su carrera artística.
El australiano Luhrmann, quien en 2022 estrenó la biopic Elvis, descubrió antes de ese rodaje en los archivos de Warner Bros. 68 cajas de filmaciones en 35mm y 8mm de aquel período en Las Vegas, muchos descartes de Elvis: That's the Way It Is (1970) y Elvis on Tour (1972), las dos principales películas de conciertos de The King; imágenes de ensayos de julio de 1970 (hermoso ver la trastienda artística, el clima de camaradería y el perfeccionismo del cantante); y cintas de audio de entrevistas inéditas que se ahora se utilizan para que sea el propio protagonista quien narre su historia. Buena parte de ese material tenía el audio por separado, por lo que requirió una ardua tarea de sincronización que demandó dos años.
Tras una ágil y fluida introducción en la que se reconstruye los inicios de Elvis, su paso por el ejército y su etapa como “actor” en Hollywood, llegamos al corazón del film, a fines de los '60, cuando decide prácticamente instalarse en Las Vegas para esos 1.100 conciertos (Presley nunca se presentó fuera de Norteamérica). Y lo que vemos, con una calidad de imagen y sonido portentosa, extraordinaria, descomunal, es a un showman carismático que juega con el público y a un cantante único que va moldeando cada presentación a su antojo (tenían con su banda y sus coristas varias decenas de canciones perfectamente ensayadas), improvisando sobre la marcha qué temas interpretar.
La experiencia de ver EPiC en una sala de cine es única. Se aprecia cada detalle, cada gota de sudor, se siente cada estrofa y cada acorde de la zona Beatle (Yesterday, Something y Get Back), de You've Lost That Loving Feeling; de That’s All Right, de Hound Dog, de Polk Salad Annie, de Little Sister, de Burning Love, de You’re the Devil in Disguise, de Always on My Mind o de Suspicious Minds como algo verdaderamente mágico. Uno quiere bailar y, luego, aplaudir (de hecho, la proyección sí terminó con una ovación de la platea).
Luhrmann, quien por momentos ha sido un cineasta demasiado publicitario y videoclipero, tiene aquí la inteligencia, modestia y sensibilidad de dejar casi todas las interpretaciones completas de Elvis. Solo en unos pocos casos, las canciones sirven de fondo para un editado que reconstruye alguna zona de la vida del astro.
Si alguno de ustedes es fan de Elvis, del rock y de las películas de conciertos, háganse un favor y vayan corriendo a alguna de las funciones que todavía quedan de EPiC: vivirán una experiencia inolvidable y, sí, EPiCa, mil veces superior a la que podrán vivir cuando llegue al streaming hogareño.
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