Pelotón sangriento (R-Point, Corea del Sur, 2004) Dirección: Kong Su-chan Editora: SBP
Sin brillar en el terreno de la confección de sustos, Pelotón sangriento es un pequeño film que funciona en base a la acumulación de suspenso y la creación de climas ominosos. El film narra las desventuras de un comando militar en medio de una selva de Vietnam encantada.
Pelotón sangriento forma parte -quizás no con mucha, pero sí con algo de honra- del cine comercial surcoreano de presupuesto medio, el cual nutre anualmente a la industria de cine de ese país con un puñado importante de títulos. La placa “Contiene escenas de violencia extrema” de la portada del disco puede hacerle creer a más de un incauto que el debut del realizador Kong Su-chan es uno de esos productos ultra-gore capaces de asquear al seguidor más fanático de la sangre y las vísceras fílmicas, pero nada hay más alejado de la realidad: se trata de un pequeño film que funciona primordialmente en base a la acumulación de suspenso y la creación de climas ominosos.
Nada hay demasiado novedoso en los giros del relato planteados por Pelotón sangriento, que reelabora ideas de decenas de films de terror oriental reciente y usurpa sólo en apariencia la idea central de Depredador. No hay aquí ningún ejemplar de cazador alienígena perdido en nuestro planeta pero sí un grupo de militares luchando contra el más inesperado de los enemigos, para colmo de males inmune a las armas de fuego. No se trata, de todas formas, de comunistas blindados.
La pesadilla comienza cuando un burócrata del ejército envía a un comando de perdedores en busca de otro pelotón perdido en medio de la selva vietnamita. La acción transcurre en el año 1972 y aquí se hace necesario aclarar que, a instancias de sus aliados norteamericanos, los coreanos ubicados al sur del paralelo 38 participaron activamente, aunque en pequeña escala, de la famosa contienda bélica del sureste asiático.
A poco de llegar al Punto R del título original, un sitio considerado sagrado por los habitantes de la región, los hechos más extraños comienzan a tener lugar entre los incautos militares: soldados que aparecen y desaparecen sin dejar rastro, extrañas voces que llegan al transmisor de radio en medio de la noche, la primera de una serie de muertes tan horripilantes como inexplicables.
Para no perder la costumbre, una mujer fantasma de largo cabello negro reaparece una y otra vez en los campos que rodean a una desvencijada mansión, no tanto un refugio de los males del inframundo como una verdadera trampa mortal para los protagonistas. Sin brillar en el terreno de la originalidad y la confección de sustos, Pelotón sangriento puede disfrutarse como un pequeño film que conoce y utiliza a reglamento los mecanismos del cine de terror más básico y elemental.
Diego Brodersen
Lo que perdimos en el camino (Things We Lost in the Fire, EE.UU., 2007) de Susanne Bier Editora: AVH
El primer largometraje de la danesa Susanne Bier en los Estados Unidos narra la relación entre una viuda (Halle Berry) y el mejor amigo de su difunto esposo (Benicio del Toro), en un drama apenas correcto que reflexiona sobre el dolor del duelo y sus cambios a partir del paso del tiempo.
La realizadora danesa Susanne Bier viene especializándose en un derivado particular del melodrama clásico filtrado, por supuesto, por un tamiz realista deudor de ese olvidado conjunto dogmático conocido, precisamente, como Dogma. El amor, la pasión, la muerte, la soledad, la reconciliación, el duelo son algunos de los grandes temas que atraviesan su obra, particularmente en los tres largometrajes estrenados comercialmente en nuestro país: Corazones abiertos, Hermanos y Después del casamiento.
Cierta sensibilidad para la dramaturgia clásica parece haber llamado la atención de Sam Mendes –el director de Belleza americana-, quien se encargó como productor del film de hacer sonar el canto de sirena para este primer desembarco de la directora en territorio norteamericano. Para bien y para mal, Lo que perdimos en el camino continúa en la línea de sus trabajos anteriores, sin que el cambio de paradigma geográfico haya influenciado notoriamente los alcances y limitaciones de sus intereses temáticos y estéticos.
Audrey, una mujer joven (Halle Berry), pierde a su marido Brian (David Duchovny) en un crimen tan azaroso como inesperado. La película se saca de encima rápidamente cualquier problema de naturaleza “innoble” –la manutención de la casa y de los hijos del matrimonio de allí en más, por caso- convirtiendo a Brian en un genio de las finanzas, de manera de tener el camino libre para los dilemas psicológicos y/o espirituales que le interesan. En el velatorio aparece Jerry (Benicio del Toro), mejor amigo de la infancia del difunto, un abogado en las malas con serios problemas de adicción a la heroína.
A pesar del odio confeso que Audrey sentía cada vez que su marido visitaba a su compinche, luego del trágico evento decide invitar a Jerry a vivir a su casa, quizás como una manera de compensar las broncas del pasado, tal vez para llenar el espacio vacío. Este detalle de la trama se toca directamente con el núcleo dramático de la ya citada Hermanos aunque, curiosamente, el guión de este film fue escrito por Allan Loeb previamente, sin relación alguna con la realizadora. Lo que sigue es la cicatrización de heridas varias, una reflexión sobre el dolor y sus cambios a partir del paso del tiempo.
Es el propio Mendes quien, en el breve documental que puede encontrarse como extra en la edición en dvd, hace un comentario al paso que resume en pocas palabras la esencia de la película. Dice Mendes que “es difícil encontrar historias que, por un lado, sean personales, de seres humanos que interactúan y que, a su vez, tengan la escala necesaria para convertirse en película”. El concepto de “escala” es precisamente el mayor obstáculo para que Lo que perdimos en el camino se destaque por encima de tantos largometrajes similares.
El film funciona en base a las buenas actuaciones de los protagonistas y la construcción de un verosímil narrativo que respeta los puntos de vista y la evolución de los personajes, pero lo cierto es que su estructura resulta tan previsible (la introversión de Audrey será seguida de una gran catarsis, Jerry recaerá en el consumo de heroína, los niños verán en Jerry a un posible padre sustituto, etcétera) que sólo permite ser apreciada como la correcta aplicación de una receta genérica.
Lejos de iniciar una búsqueda de ciertas verdades a partir de la singularidad, el film se contenta con la reelaboración sistemática de tópicos y situaciones, la famosa “escala” narrativa, gran lastre de los dramas independientes del cine norteamericano contemporáneo.
Diego Brodersen
Ran (Japón, Francia / 1985) Dirección: Akira Kurosawa Editora: Gativideo
Aunque no se aplique ninguna política de curaduría, las editoras de video locales continúan lanzando algunos clásicos del cine en versiones restauradas. Ahora le llegó el turno a la última obra maestra de Akira Kurosawa, una particular versión del Rey Lear shakespeareano.
Ran es sin dudas la última gran película de Akira Kurosawa, un fresco épico de proporciones gigantescas y una de las obras más pesimistas y trágicas en toda la carrera del realizador japonés, que aquí parece haber perdido parte de su proverbial humanismo. Adaptando libremente el Rey Lear shakesperiano, trasladando la acción desde la antigua Bretaña al Japón medieval, el film se propone como una lectura personal sobre el poder y la locura, logrando que la parábola sobre el rey y sus hijos díscolos resuene en tiempos más modernos.
Coproducida por el francés Serge Silberman y estrenada en 1985, Ran es el tercer largometraje de Kurosawa luego de un intento de suicidio a comienzos de los años 70, un film realizado en un momento en el cual los grandes estudios nipones atravesaban el peor desastre económico de su historia. Los resultados artísticos demostraron que Kurosawa se hallaba en plena posesión de sus virtudes como cineasta.
Con un extraordinario uso del color –que brilla notablemente en esta copia restaurada- y una actuación destacada del gran Tatsuya Nakadai, Ran ofrece además dos de las escenas de batallas más impactantes de la historia del cine, registrada poco tiempo antes de que el uso de los extras fuera reemplazado por los trucos digitales. Precisamente, esa cualidad física de las imágenes es uno de los mayores logros de la película, que va alejándose del naturalismo a medida que su protagonista ingresa en los terrenos de la locura.
Joshua (Estados Unidos, 2007) Dirección: George Ratliff Editora: Gativideo
Editado directamente en dvd, Joshua es un film de terror tan atípico como estimulante, centrado en la desintegración de una familia a partir de una serie de dramáticos eventos orquestados por un niño. Una película no recomendable para padres de chicos problemáticos.
Joshua, primer largometraje de ficción de George Ratliff (director de un interesante documental sobre una secta católica titulado Hell House), es una de esas pequeñas pero agradables sorpresas que desembarcan directamente en formato hogareño sin pasar por las salas de cine. Particularmente si se tiene en cuenta que no son precisamente abundantes las películas de terror recientes que se alejen de las fórmulas probadas infinidad de veces, que logren realmente sorprender y asustar al espectador.
Etimológicamente, Joshua ni siquiera es “una de terror”, al menos en el sentido más literal de la expresión, aunque la portada del dvd anticipe una suerte de derivado de La profecía y similares relatos centrados en niños con poderes infernales. Algo de eso hay, por supuesto, y de hecho se trata de un film no recomendable para padres con chicos problemáticos. Quizás su mayor fuerza descanse en la inexistencia de elementos sobrenaturales o fantásticos, en la implacable incursión por algunas de las angustias sufridas por cualquier padre o madre que se precie de serlo.
La vida cotidiana de los Cairn comienza a irse al diablo cuando la familia recibe a un nuevo miembro, la pequeña hermana del joven en cuestión, y la madre comienza a repetir algunos de los síntomas depresivos sufridos luego del parto de Joshua. De allí en más, una serie de eventos minúsculos, aparentemente azarosos, se desarrollan hasta desencadenar una verdadera pesadilla familiar que incluye alguna que otra muerte trágica.
Si la idea de Joshua, un niño extremadamente inteligente y sensible, es destruir literalmente el núcleo familiar, el film se encarga de disponer la escalada de sufrimientos hogareños con buen ritmo y dosificación del suspenso, sin altisonancias y con una puesta en escena que destaca el punto de vista del padre del monstruo (Sam Rockwell en un rol de mucha prestancia), quien pasa del escepticismo a la incredulidad y de ella al horror paternal en un viaje sin escalas.
Diego Brodersen
Contra el poder (Shut Up & Sing, EE.UU., 2006) de Barbara Kopple y Cecilia Peck Editora: AVH
Este interesante documental político-musical desembarca directamente en las bateas de los videoclubes. Contra el poder describe las inesperadas repercusiones en la carrera de la banda country Dixie Chicks luego de una declaración casual sobre el presidente Bush.
El hecho de que las Dixie Chicks resulten prácticamente desconocidas en nuestro país no reduce en lo más mínimo las virtudes de este documental cuyo título original, Shut Up & Sing (algo así como “cállense y sigan cantando”) resulta bastante más elocuente que el local Contra el poder. La banda musical en cuestión, un trío de compositoras, cantantes e instrumentistas con fuerte raigambre en el country y una enorme popularidad en los Estados Unidos dio un paso en falso durante un concierto en el año 2003.
Al menos eso pensaron muchos de sus fans –y seguramente su manager, un tipo extremadamente simpático, según demuestran varias escenas- luego de que la cantante principal, durante un recital en Londres, amenizara uno de los intermedios entre tema y tema con una frase que tendría más de una inesperada repercusión. “Me avergüenzo de que nuestro presidente sea de Texas”, dijo la blonda Natalie Maines a escasos días del comienzo de la invasión a Irak, y así comenzó el escándalo. Las chicas Dixie pasaron de vender cds como pan caliente a estar virtualmente prohibidas en todas las radios dedicadas al country (boicot que los responsables de las cadenas radiofónicas suavizarían con toda clase de eufemismos).
Contra el poder, dirigida a cuatro manos por las realizadoras Barbara Kopple (la veterana documentalista directora de Harlan County, USA) y Cecilia Peck (hija de Gregory), se centra en las difíciles circunstancias provocadas por esa afirmación política: la campaña en su contra instrumentada por un grupo de extrema derecha, el pisoteo comunitario de discos de seguidores enfurecidos, las acusaciones de antipatriotismo de diversos comunicadores e, incluso, una amenaza de muerte antes de una serie de recitales en su Texas natal.
Si bien el film evidencia, por momentos, una cercanía con las integrantes de la banda cercana a la veneración, Contra el poder gana en interés cuando se interesa por los procesos creativos y comerciales de la banda en circunstancias tan extrañas, siguiéndolas desde el hecho en cuestión hasta el lanzamiento de su último álbum, “Taking the Long Way”, en el año 2006. En el camino, una de las chicas tuvo su segundo hijo, la popularidad de Bush cayó en picada y el estilo musical de las Dixie Chicks se fusionó con otras vertientes de la música contemporánea.
Diego Brodersen
El nombre de la venganza (Corea del Sur, 2002) de Park Chan-wook Editora: SBP
Primera parte de la trilogía centrada en la violencia vindicadora, El nombre de la venganza se edita directamente en DVD. Comedia grotesca de horrores modernos, entre la sátira y el drama personal, la película ofrece una reflexión sobre diversas crueldades sociales.
¿Cuánta humillación, cuánto dolor es capaz de soportar el ser humano antes de reaccionar con el mismo grado de violencia ejercido originalmente sobre su persona? Esa parece ser la pregunta que atraviesa de principio a fin a El nombre de la venganza, film que, bajo su título original en inglés (Sympathy for Mr. Vengeance), iniciaba hace seis años la trilogía de la venganza del coreano Park Chan-wook (la tríada se completa con la aún inédita en nuestro país Sympathy for Lady Vengeance).
Eclipsada en gran medida por Oldboy: cinco días para vengarse -cuya exposición internacional se disparó luego de su paso por la competencia del festival de Cannes-, esta primera incursión en los recovecos del “ojo por ojo, diente por diente” es un film mucho más inteligente, polémico y brillante que sus hermanos fílmicos, menos amparado en los placeres genéricos y los juegos de puesta en escena, más revulsivo y complejo en sus alcances y repercusiones.
Si en Oldboy, un thriller amnésico, el ovillo narrativo comenzaba a desenrollarse a partir de diversas pistas y puntos de contacto entre el presente y el pasado, El nombre de la venganza propone un relato lineal de causas y efectos consecutivos, donde cada acto de violencia engendra otros excesos, siempre de manera exponencial, hasta su sangriento desenlace.
El mayor éxito de Park es lograr esa reflexión sobre diversas crueldades sociales a partir de un preciso balance entre la sátira y el drama personal, donde el entramado de secuestros, tráfico de órganos y torturas físicas componen una imagen en negativo de una sociedad de consumo tecnologizada pero aún infectada por los virus de un pasado reciente militarizado y revanchista.
El film poco y nada le debe al género policial –el rol de los policías se reduce a recolectar cadáveres- y apenas un poco a las películas de vengadores anónimos, de las cuales toma su leit motiv para darlo vuelta por completo y reencauzarlo a partir de un sentido trágico de la vida en las sociedades contemporáneas. El nombre de la venganza es una comedia grotesca de horrores modernos.
Diego Brodersen
Robocop (Estados Unidos, 1987) de Paul Verhoeven Editora: Gativideo
Ya se consigue en los videoclubes la edición especial de uno de los mejores largometrajes del holandés Paul Verhoeven. Este lanzamiento de dos discos presenta Robocop en dos versiones: la que se estrenó en todo el mundo y el corte del director, además de variados extras.
En una Detroit apenas futurista, una multinacional con intereses comerciales en el desarrollo urbanístico y las políticas de seguridad crea un policía cibernético para, teóricamente, mejorar la seguridad de la ciudad. Ese es el punto de partida de Robocop, no sólo uno de los mejores largometrajes del holandés Paul Verhoeven, sino una de las más ácidas miradas sobre la sociedad norteamericana de los años 80.
Robocop es presentado en sociedad como el policía del futuro, implacable, preciso, indestructible, incorruptible; un cyborg programado en base a tres directivas: servir al interés público, proteger al inocente, defender la ley. En otras palabras, el deber de todo policía interesado en hacer bien su trabajo. Pero el súper policía debe regirse por esas tres directivas básicas siempre y cuando no se contradigan con una cuarta ley especial: no dañar a ningún miembro de OCP, la empresa fabricante del artilugio.
Con algo del mito de Frankenstein y un ritmo implacable, Verhoeven transformó la premisa básica en un gran film de ciencia ficción y acción futurista. La edición que acaba de lanzarse en dvd incluye dos versiones de Robocop: la que se estrenó en todo el mundo y la versión previa al montaje final, que incluye poco más de un minuto extra de metraje. La diferencia radica en el grado de violencia plasmado en pantalla, suavizado para evitar en su momento la categoría X (veneno para la taquilla). El segundo disco incluye además varios extras de interés: documentales, trailers, storyboards, galerías de fotos y comentarios del realizador.
Diego Brodersen
Todo corazón (A Mighty Heart, EE.UU./2007) de Michael Winterbottom Editora: AVH
Se edita directamente en dvdel último film de Winterbottom, una reconstrucción del secuestro y asesinato del periodista Danniel Pearl basada en el libro de su viuda. Este vehículo para Angelina Jolie genera algunas preguntas sobre la pertinencia de films similares.
Películas como –por ejemplo- Vuelo 93 nos ponen en una situación delicada. No es fácil sacudirse de encima cierta sensación de incomodidad. El film de Paul Greengrass puede ser visto como un excelente film de desastre aéreo, con sus escenas de suspenso creciente, su grupo humano uniéndose en la lucha contra la inminente catástrofe, los intentos en tierra por comprender la magnitud del problema. Pero Vuelo 93, a diferencia de la clásica Aeropuerto, “termina mal”, con el avión estrellándose y todos sus protagonistas muertos, dato que el espectador, por supuesto, conoce de antemano.
Los norteamericanos suelen adjetivar a esta clase de historias de “inspiring”, inspiradoras; es decir, capaces de inspirar emociones o ideas positivas, aunque el propio Greengrass declaró que los últimos tramos de su film son pura elucubración: imposible saber si los pasajeros murieron heroicamente intentando ingresar a la cabina o lo hicieron en medio de los gritos más espantosos, abrazados ante la certeza de su muerte. La cercanía con los hechos no hace más que sumar otro elemento perturbador al relato. Pregunta sin respuesta sencilla: ¿habrá algo de obsceno, incluso de innecesario, en ese acercamiento a la tragedia sin la distancia que sabiamente sabe dar el paso del tiempo?
Planteos similares surgen ante Todo corazón, último largometraje de Michael Winterbottom, aunque su apuesta cinematográfica sea un tanto más insípida, anclada en mecanismos narrativos mucho más tradicionales. La historia es la del matrimonio integrado por Danniel y Mariane Pearl, una pareja de periodistas que cubrió la ocupación estadounidense en Afganistán luego del atentado a las Torres Gemelas. En la vecina Pakistán, con su mujer embarazada de seis meses, Danniel fue secuestrado por un grupo de terroristas, acusado de ser un espía de la CIA y del Mossad; luego de un par de semanas en cautiverio, fue decapitado delante de una cámara de video, horrorosa imagen que recorrió el mundo y que el film -como ocurría en Vuelo 93 con el impacto del avión- evita pudorosamente reconstruir.
Rodada en formato digital de alta definición, con la cámara montada sobre el hombro en plan testimonial, Todo corazón se acerca a esa tragedia personal utilizando los mecanismos del film de suspenso, con una investigación que avanza lentamente en el descubrimiento del paradero del secuestrado. No hay esperanzas, claro está, y el fatal desenlace se conoce desde el primer minuto de proyección. A diferencia de lo que ocurría con la película de Marco Bellochio –inédita en nuestro país- Buongiorno, notte, en la cual el realizador recreaba el secuestro seguido de asesinato de Aldo Moro, no hay aquí una reflexión sobre los mecanismos de la violencia y sus consecuencias en víctimas y victimarios, más allá de los inevitables lugares comunes.
El guión de John Orloff, basado en el libro de la propia Mariane Pearl, y la puesta en escena de Winterbottom se dedican a exponer con pulcritud y corrección los hechos y a reservarle a Angelina Jolie, protagonista absoluta de la película, el centro de atención de todas las escenas en las que aparece en cuadro (prácticamente todas). Incluso el personaje más interesante y complejo del film, el investigador pakistaní interpretado por el experimentado actor indio Irfan Khan, queda eclipsado por la presencia de la vedette principal del show. ¿Hay acaso una escena más innecesaria que el llanto crispado de Jolie/Pearl al enterarse de la muerte de su marido, más de un minuto de histrionismo puesto al servicio del golpe debajo del cinturón?
Diego Brodersen
Un verano para toda la vida (Australia, 2007) de Rod Hardy Editora: AVH
La primera película de Daniel Radcliffe sin la ayuda de anteojos, varitas o poderes mágicos lo encuentra de veraneo en las costas australianas. Se trata de un clásico coming-of-age en el cual cuatro huérfanos tienen la posibilidad de encontrar nuevos padres adoptivos.
Hay una razón de peso para que este film australiano llegue a nuestras costas en su versión digital: su protagonista es Daniel Radcliffe, actor indisolublemente ligado al personaje de Harry Potter, en su primer rol protagónico por fuera de la exitosa saga infantil. Así se la promociona y así será consumida por el habitué de los videoclubes, aunque su historia poco y nada tenga que ver con jóvenes hechiceros e instituciones educativas dedicadas a inculcar las artes de la magia.
Un verano para toda la vida sigue al pie de la letra las reglas básicas del universo del coming-of-age, a grandes rasgos todos aquellos relatos cuyos protagonistas abandonan una etapa de la vida para iniciar otra, generalmente ligada a la adultez. Aquí, un grupo de huérfanos –todos ellos nacidos en el mes de diciembre, de allí el título original December Boys- tiene la oportunidad de pasar una temporada fuera del orfanato en un pequeño pueblo del sur de Australia, en el hogar de un matrimonio maduro.
El cuarteto anda por los doce años de edad, excepto el mayor del grupo (Radcliffe), que transita la adolescencia con algún dejo de rebeldía y quien mantendrá su primera relación amorosa con una chica de la zona. El conflicto y la desunión de los amigos surgirá como consecuencia de una joven pareja dispuesta a adoptar a uno de ellos: los chicos desean con crecer tener padres y la competencia pondrá a prueba su amistad en varias oportunidades.
Basado en una novela autobiográfica, el film dirigido por Rod Hardy (un veterano de la televisión australiana) no ofrece demasiadas sorpresas y va limando toda clase de asperezas narrativas hasta llegar a un doble final lacrimógeno. El hecho de que la historia esté destinada a un público joven no implica necesariamente que los símbolos deban ser tan evidentes (hay un caballo que cambia de carácter según la ocasión) o que el tema de la muerte requiera necesariamente de un tono didáctico.
Lo mejor se encuentra en los tramos medios, cuando la película no necesita ligar causas y efectos y se limita a poner en pantalla una serie de viñetas bucólicas sobre la vida en el lugar. El trasfondo son los siempre sorpresivos paisajes australianos, incluidas unas rocas con formas tan extrañas como inquietantes. Luego de esta breve aventura en Oceanía, Radcliffe volverá a recorrer los pasillos de la Escuela Hogwarts en tres ocasiones; de allí en más, la barba y los pelos de las piernas lo enfrentarán con la estimulante realidad de tener que iniciar una nueva etapa en su vida profesional.
Diego Brodersen
Underground (1995) Dirección: Emir Kusturica Editora: Plus Video
Por primera vez en nuestro país, se editó en formato digital el mejor largometraje del bosnio Emir Kusturica. Underground es un paseo por los infiernos de ese país alguna vez llamado Yugoslavia y sus imágenes han quedado grabadas en toda una generación de cinéfilos.
Uno de los grandes éxitos del “cine-arte” -como solía llamárselo- de la década de los ‘90, Underground es probablemente el último gran film del realizador bosnio Emir Kusturica, la obra bisagra antes de comenzar su derrotero hacia la autocomplacencia y la regurgitación ad nauseam de su marcas de estilo. Acompañada por la atronadora música de Goran Bregovic y una imaginería inolvidable, la película ha logrado convertirse en el ensayo cinematográfico por excelencia sobre ese país alguna vez llamado Yugoslavia.
“Nací en un país donde la esperanza, la sonrisa y la alegría de vivir son más fuertes que en ningún otro. Pero también lo son las fuerzas del mal. Así, inevitablemente te conviertes en agresor o en víctima”, declaró el realizador en el momento del estreno. Es así que, a través de una serie de viñetas estilizadas, por momentos surrealistas, Underground se revela como un paseo por los infiernos yugoslavos, aunque esa alegría de vivir sea la fuerza principal que mueve a los personajes durante las mayores desgracias. Por supuesto, acompañados siempre por esa orquesta de bronces que se resiste a abandonar la pantalla.
Kusturica pertenece a la tercera generación de cineastas de la región de los Balcanes en alcanzar repercusión internacional. Sus primeros films, entre los cuales se destacan ¿Te acuerdas de Dolly Bell (1981)? y Papá salió en viaje de negocios (1985, ganadora de la Palma de Oro en Cannes), ya mostraban a un creador hiperquinético y excesivo, pero no por ello menos reflexivo sobre las condiciones sociales y políticas de su país. Pero sería Tiempo gitanos, película que continúa la tradición inaugurada por su coterráneo Aleksandar Petrovic con su film Conocí gitanos felices, el título que haría de Kusturica uno de los nombres más relevantes del cine internacional. Underground, editada ahora en dvd por primera vez en nuestro país, sólo confirmaría su talento.
Tootsie (EE.UU., 1982) Dirección: Sydney Pollack Editora: LK-Tel
La edición Aniversario de Tootsie, poblada de extras, vuelve a presentar un film que ha añejado lo suficiente como para despertar sabores dormidos. Esta exitosa comedia romántica fue dirigida por Sydney Pollack, quien falleció sorpresivamente hace algunos días.
“Tootsie” es una intraducible expresión del idioma inglés que, más allá del dejo cariñoso, no termina de esconder cierta mirada peyorativa: la de limitar a la mujer al rol de objeto de placer para el hombre. Tootsie, la película, es un producto de sus tiempos: la apropiación por parte de Hollywood, en formato de comedia, de los discursos feministas de décadas anteriores. A pesar de tratarse de un proyecto que su principal impulsor y protagonista, Dustin Hoffman, mantuvo activo durante años sin lograr la necesaria “luz verde” para su realización –como se explica detalladamente en los extras de esta edición especial-, el film dirigido por Sidney Pollack se transformó en uno de los films más populares y comercialmente exitosos de los años ’80.
El travestismo en el mundo del espectáculo tiene un largo historial, desde el antiguo teatro griego hasta alguna vedette del showbiz vernáculo contemporáneo. Y aunque las razones para la transformación física sean diversas en cada caso, lo cierto es que la fascinación por ese acto de ilusionismo sigue manteniendo toda su vigencia. En el territorio cinematográfico, las mejores películas con personajes travestidos han sido siempre aquellas que lograron hacer del supuesto centro de atracción un detalle accesorio; el macguffin que parece motorizar la narración mientras, debajo de las capas de maquillaje y las voces impostadas, se van dibujando los verdaderos dolores y placeres de los personajes. En el terreno de la comedia, el gran ejemplo clásico sigue siendo Una Eva y dos Adanes (1959), ese extraordinario film protagonizado por tres “mujeres” de lujo: Marilyn Monroe, Jack Lemmon y Tony Curtis.
Tootsie tiene un punto de partida similar al film de Billy Wilder, aunque en lugar de dos músicos desempleados su protagonista es un actor en similares condiciones (Hoffman, además, no es perseguido por ningún grupo de mafiosos). Cuando Michael Dorsey se convierte, magia del maquillaje y la interpretación mediante, en Dorothy Michaels, ese actorzuelo del montón se transforma, de un día para el otro, en una actriz sumamente popular y en todo un referente de la defensa de los derechos de la mujer. Que el protagonista sea “un hombre mejor luego de haber sido mujer” –cita del último diálogo del film- no es tanto el resultado de cierta corrección política sino la inevitable consecuencia de un aprendizaje con algo de rito iniciático emocional. Y, como en toda comedia romántica clásica, la relación que se establece entre los futuros amantes está llena de dificultades, aunque en este caso el mayor de los escollos esté dado por las apariencias y las preferencias sexuales (más allá del travestismo, Tootsie es un film con poco de queer).
A 25 años de su estreno, Tootsie ha añejado lo suficiente como para haber despertado algunos sabores y aromas dormidos, revelándose como una comedia que puede formar parte de cualquier canon personal. Sydney Pollack, director poco afecto al género, supo encontrar el timing ideal para cada vuelta de tuerca del guión, además de seguir al pie de la letra una máxima del cine clásico: la importancia de los personajes secundarios, imprescindibles para el buen funcionamiento de cada línea narrativa del film. El mismo director se destaca interpretando al representante del protagonista, mientras Jessica Lange y Bill Murray aportan las necesarias dosis de seriedad y locura, respectivamente.
La edición especial de dos discos que acaba de editarse en nuestro país incluye un segundo disco con material extra de sumo interés. Un documental de casi setenta minutos reflexiona, con entrevistas actuales y material de archivo, sobre cada uno de los aspectos artísticos y técnicos de la realización del film. Además, se presentan varias escenas eliminadas y un par de tests de maquillaje y vestuario filmados en el ya olvidado formato Betamax.
Diego Brodersen
Otra despedida de soltero (The Groomsmen, EE.UU., 2006) Dirección: Edward Burns Editora: TVE
El título local puede llevar a confusiones porque, lejos de ser una secuela del famoso film de la década de los 80, esta comedia dramática indie, tan fresca como entrañable, se centra en un grupo de treintañeros empecinados en no abandonar las libertades de la adolescencia.
Detrás del mentiroso título local, Otra despedida de soltero -que puede llevar a pensar en una secuela del clásico de los años 80-, y de un arte de portada que promete alguna clase de fiesta sexual entre Brittany Murphy y varios muchachos, se esconde una pequeña comedia dramática independiente con más de una característica destacable. Eso sí: quienes busquen strippers, drogas, sexo y descontrol quedarán seguramente un poco defraudados.
The Groomsmen (el nombre original remite a esos invitados especiales del novio al casorio) es el séptimo largometraje como realizador de Edward Burns, uno de esos rostros reconocibles por sus roles secundarios en films de alto perfil como Rescatando al soldado Ryan o 15 minutos. Pero desde hace una década el Sr. Burns viene escribiendo, produciendo, dirigiendo y, en algunos casos como el que nos ocupa, también protagonizando una serie de films de intensidad media y resultados, al menos, satisfactorios.
Lo cierto es que, en los papeles, Otra despedida de soltero no se destaca respecto de tantas otras películas protagonizadas por treintañeros que no terminan de abandonar la adolescencia, empecinados en asirse a los bordes de una vida sin verdaderas obligaciones hasta el último momento. Aquí los últimos días de soltería de Paulie (Burns) se pasan entre partidos de béisbol, pequeñas borracheras, ensayos musicales que reflotan aquella vieja banda de rock y confesiones, muchas confesiones, del pasado y del presente.
Como la de ese amigo que se fue del barrio porque no podía decirles claramente a sus amigos que era gay; o la del hermano de Paulie, empeñado en la autodestrucción y la pérdida de su matrimonio por razones que no conviene revelar aquí. Así, entre peleas y reconciliaciones, distanciamientos y reencuentros, las líneas narrativas de Otra despedida de soltero van confluyendo hacia el obvio desenlace, mientas los conflictos comienzan a resolverse para dejarle el terreno libre a la ceremonia de casamiento que cierra el film.
A pesar de esa cualidad previsible y falta de originalidad en el planteo, el film logra en varias escenas un tono de intimidad entrañable, cierta frescura que en films de mayor presupuesto es reemplazada por el melodrama y el golpe de efecto. No está nada mal para una película que, seguramente, pasará desapercibida en las bateas de los videoclubes.
Diego Brodersen
La venganza de Ulzana (Ulzana's Raid, EE.UU., 1972) Dirección: Robert Aldrich Editora: AVH
Acaba de lanzarse en dvd uno de los mejores films de Robert Aldrich: La venganza de Ulzana, protagonizada por un maduro Burt Lancaster, es un western atípico que se aleja de los arquetipos del heroísmo para pintar un universo donde imperan el salvajismo y la animalidad.
Estrenada en pleno ocaso del género estadounidense por excelencia, La venganza de Ulzana es, a la vez, un gran ejemplo de clasicismo y una relectura del western en tanto mito cinematográfico. Es cierto que su realizador, Robert Aldrich, vuelve aquí a tocar ciertos temas ya presentes en algunas de sus incursiones al Oeste más conocidas –Apache (1954), en particular- pero lo hace con un grado de enjundia sorprendente. Más que revisionista, Ulzana es un western desesperanzado, sin posibilidad para el heroísmo o la humanidad. Una escena temprana lo deja bien en claro: ante el inminente ataque de una cuadrilla de indios, un soldado le teme un tiro en la cabeza a la mujer que debe proteger, suicidándose acto seguido.
A grandes rasgos La venganza de Ulzana es la historia de dos hombres: uno blanco, el otro indígena. Ulzana, líder apache, se escapa del gueto al cual ha sido marginado junto a su gente y comienza un raid de violencia y muerte con el único objetivo de causar la mayor cantidad de destrucción posible, tanto física como psicológica. Es entonces que una partida militar sale en busca de los criminales, acompañados por el civil McIntosh (Burt Lancaster, también productor de la película), un viejo conocedor de las mañas apaches, dando comienzo a una persecución donde cazador y presa no dejan de confundirse. El personaje interpretado por Bruce Davison, un joven teniente recién salido de la escuela militar, hace las veces de fusible de la civilidad, canjeando comprensión cristiana por ansias vengativas ante el primer contacto real con el enemigo.
Es cierto que La venganza de Ulzana no deja de ser una película de aventuras, con sus escenas de acción y un par de personajes carismáticos enfrentados a muerte. A pesar de ello, alejado tanto de los lugares comunes sobre el indio, típicos del cine clásico, como de la mirada condescendiente de decenas de westerns de la era de Vietnam, el film afirma sin medias tintas que la fachada de las ideologías no puede sino caer cuando el motor del comportamiento humano es el odio racial más arraigado, desnudando a la vista el salvajismo y la animalidad.
La edición digital de Ulzana no contiene extras de ninguna clase, pero la calidad de imagen y sonido compensan en parte esa falta. El disco se consigue en dos ediciones: la común y silvestre, que puede alquilarse en videoclubes, y la editada como parte de la colección de westerns de AVH, a la venta en quioscos de revistas a precio muy accesible.
Diego Brodersen
3 Extremes (Hong Kong, Corea del Sur, Japón, 2004) Directores varios Editora: SBP
Takashi Miike, Park Chan-wook y Fruit Chan, tres realizadores asiáticos con intereses estéticos y temáticos muy diversos, entregaron sendas historias para esta película colectiva que busca y encuentra nuevas posibilidades dentro del territorio del cine fantástico y de terror.
Luego del éxito de Three, conjunción de tres historias de horror dirigidas por Peter Chan, Kim Ji-woon y Nonzee Nimibutr todavía inédita en la Argentina, los productores decidieron armar otro compilado panasiático, elevando la apuesta a la hora de elegir los nombres de los realizadores. El resultado es 3 Extremes, un muy buen ejemplo del cine de género asiático que, afortunadamente, le escapa a los lugares comunes del j-terror (léase: niños o mujeres fantasmas, maldiciones en formato digital, etc.).
La contribución de Takashi Miike (Dead or Alive, Audition) que abre el film, titulada Box ("caja"), es un relato atmosférico muy logrado desde el punto de vista visual en el cual una escritora comienza a confundir realidad con ficción, mientras la madeja narrativa comienza a derivar hacia un desenlace cercano, en esencia, al David Lynch más lisérgico. Como reza su título original, tiene participación una misteriosa y mágica caja, además de dos hermanas gemelas definitivamente espeluznantes.
Park Chan-wook, el realizador coreano favorito de Tarantino, dirigió el episodio llamado Cut, en el cual continúa reflexionando sobre el tema de la venganza, leit movit de films como Oldboy y Sympathy for Mr. Vengeance. Aquí las víctimas son un director de films de terror y su mujer, pero las confusiones narrativas de sus largometrajes más conocidos son reemplazadas por un afilado y preciso sistema mecánico de causa y efecto.
El hongkonés Fruit Chan aportó el mejor de los tres relatos: se trata de una versión de menor metraje del film Dumplings, ya estrenado en nuestro país hace un par de años, en el cual una mujer decide probar un método poco ortodoxo para verse más joven. Los dumplings del título (se trata de los tradicionales ravioles chinos) están rellenos con fetos humanos pero los resultados incluirán un par de contraindicaciones y efectos secundarios poco deseables.
El Reino (The Kingdom; EE.UU., 2007) Dirección: Peter Berg Editora: AVH
Con la firma del director de Malos pensamientos y el apoyo como productor de Michael Mann, se edita directamente en dvd este policial en Medio Oriente. Buen manejo del suspenso y la acción algo empañado por una nueva justificación del intervencionismo militar.
Entre tanta película reciente que intenta tomarse en serio los múltiples conflictos que afectan la zona de Medio Oriente –Cometas en el cielo es uno de los últimos ejemplos- para terminar cayendo en el agujero negro de las buenas intenciones y la simplificación más absurda, bienvenido sea un proyecto que no tiene más ambiciones que narrar una historia de acción y suspenso. Incluso aunque ello implique caer en otra clase de pecados, léase: la incorrección política disfrazada de cruzada moral en pos de una resolución satisfactoria para los mandatos del cine de género.
Eso es precisamente lo que ocurre en El reino, largometraje dirigido por Peter Berg -el mismo de esa joyita del humor negro algo olvidada, Malos pensamientos- y producido, entre otros, por Michael Mann, quien aquí presta el soporte digital y el uso de la cámara en mano de su último largometraje, Miami Vice. La historia transcurre casi por completo en Arabia Saudita y arranca con un atentado múltiple en una base petrolera norteamericana. Unos cien muertos y el doble de heridos es el saldo de los disparos y las explosiones, razón suficiente para que un grupo de agentes del FBI viaje sin autorización a ese país para investigar los hechos y encontrar a los culpables.
Eso es lo que podría leerse en una sinopsis argumental, aunque la agenda (no tan) secreta es claramente más visceral: lisa y llanamente, vengar la muerte de los ciudadanos estadounidenses, lista que caídos que inevitablemente incluye a un amigo personal del grupo de investigadores. La película se hace cargo de esta faceta irresponsable sin hipocresías, justificando de paso la ocupación de tierras extrañas en base a la defensa de varios equívocos: las libertades de la democracia occidental y la inconfesable sensación de superioridad moral, tecnológica e intelectual que ello trae aparejado.
El grupo de agentes integrado por Jamie Foxx, Chris Cooper, Jason Bateman y Jennifer Garner –arquetipos de profesionalismo y pragmatismo norteamericano- se complementa con un policia saudita incorruptible (Ashraf Barhom) para combatir el eje del mal, un grupo de terroristas de raigambre (¿cuando no?) supuestamente religiosa. El reino acompaña el derrotero del contingente de vengadores mientras se buscan y encuentran pistas, ciegos al hecho de que los terroristas los tienen como objetivo de su próximo atentado, mientras el film va preparando el terreno para el extensísimo tiroteo del final, un excitante tour de force de montaje de imagen y sonido.
El reino termina revelándose como un buen film de acción, una historia narrada con mano firme y sencillez de recursos, aunque irremediablemente manchada (sería más apropiado decir: salpicada) por esos rasgos algo fascistoides típicos de los relatos que incluyen al “buen americano contra el resto del mundo”. Suciedad que las últimas imágenes del film –un montaje paralelo con personajes a miles de kilómetros de distancia entre sí- pretenden limpiar con un mensaje de denuncia, como para lavar ciertas culpas. Ya es demasiado tarde: el buen humanismo cinematográfico se siente, se construye y se cuida con paciencia, no se tira en la cara del espectador como quien no quiere la cosa.
El disco contiene gran cantidad de extras: varios bloques que documentan la realización del film, escenas eliminadas, trailers y un comentario de audio del director subtitulado en español.
Diego Brodersen
¿Quién #$&% es Jackson Pollock? (EE.UU., 2007) Dirección: Harry Moses Editora: AVH
Lanzado directamente en dvd, este documental de Harry Moses tiene como protagonista a una anciana de clase trabajadora que, un buen día, se topa con una pintura que podría haber sido creada por el genial artista plástico. ¿Podrá vencer al mundillo de las galerías de arte y los marchands?
Exhibida en algunos festivales internacionales de cine ¿Quién #$&% es Jackson Pollock? –los símbolos pueden reemplazarse por un “diablos” o el más localista “carajo”- forma parte de un nuevo pseudo-género dentro del terreno del cine de no ficción: el “documental simpático”. No se trata de una definición por completo despectiva, aunque de la nomenclatura parezcan desprenderse ciertas características no precisamente ligadas a la profundidad investigativa o el rigor estético.
Este breve film (apenas 74 minutos), embarcado en el seguimiento de Teri Horton y las consecuencias del hallazgo de un supuesto cuadro de Jackson Pollock en una tienda de segunda mano, no pretende de ninguna manera zondear las complejidades de la creación artística o el vínculo entre Comercio y Arte.. Harry Moses, el director del documental, se autopromociona en el sitio imdb como un actor, productor y director de cine, además de despuntar el vicio como autor de libros de autoayuda (“Es tan fácil cuando sabes cómo hacerlo”, es uno de ellos) y ser un líder espiritual de su comunidad.
Parte de esa singularidad típicamente norteamericana parece transmitirse al film, el sueño nunca realizado (al menos por el momento) de una ex camionera, madre y abuela, que un buen día se compra un cuadro “horrible, lleno de mamarrachos” –según sus propias palabras- por apenas cinco dólares, para caer en la cuenta de que podría tratarse de una obra perdida del gran artista plástico estadounidense J. Pollock. El título del film refleja la sorpresa de ese preciso instante en forma de pregunta.
¿Quién #$&% es Jackson Pollock? se propone sin ambages como una celebración del orgullo white trash, enfrentado al mundillo de las galerias de arte y los marchands que, previsiblemente, se oponen por todos los medios posibles a la canonización del cuadro de la Sra. Horton. En ese momento entran en escena científicos especializados en la búsqueda de pistas microscópicas, corredores de arte que han pasado una temporada en la prisión, falsificadores de cuadros y demás personajes dispuestos a sacarle una tajada al Pollock. Poco importa si la pintura es auténtica o no (seguramente sea sólo una muy buena imitación): la anciana sólo quiere vencer al sistema.
Diego Brodersen
Sweeney Todd-El filo de la venganza (Reino Unido, 2006) Director: Dave Moore Editora: LK-Tel
Semanas antes del estreno de la versión musical de Tim Burton, se lanza directamente en dvd esta producción para la televisión británica de la historia de Sweeney Todd. Este drama protagonizado por Ray Winstone resulta ideal para conocer la leyenda del barbero asesino de la calle Fleet.
Seguramente incitado por el inminente estreno del film de Tim Burton, basado en el mismo personaje, el sello LK-Tel acaba de editar en la Argentina Sweeney Todd – El filo de la venganza, telefilm de Dave Moore estrenado hace poco más de un año en la televisión británica. Lejos de la manufactura fantástica del Todd burtoniano –y de su génesis en el musical de Stephen Sondheim-, la versión de Moore se acerca al asesino de la calle Fleet en su esencia más dramática y psicológica, reconstruyendo ese Londres sucio, oscuro y siniestro que, en la memoria de los amantes de la literatura, ha quedado entrelazado para siempre con la prosa de Dickens.
La historia de Sweeney Todd, el barbero que asesinaba a sus víctimas para luego descuartizarlas y transformarlas -con la ayuda de su amiga panadera- en la materia prima de los más deliciosos pasteles de carne, forma parte del imaginario popular londinense desde comienzos del siglo XIX, mucho antes de que el más famoso (y real) Jack el destripador asolara las calles de esa ciudad. Una infancia dolorosa, una madre muerta tempranamente, un padre ausente, la condena por un crimen nunca cometido… elementos que dieron origen, en el saber popular, a los traumas de origen del peluquero demoníaco, las posibles razones de un comportamiento inexplicable.
Lejos de la deliciosa parafernalia actoral de Johhny Depp, el barbero encarnado en Sweeney Todd por Ray Winstone -actor secundario con pedigree, protagonista de esa pequeña gema llamada Bestia salvaje- transita por los atestados callejones y atiende a sus clientes habituales con tranquilidad, silenciosamente. Sólo en esos febriles momentos en los cuales la navaja deja de cumplir su función esencial aflora la oculta faceta animal, transformando su rostro en una máscara de locura. Winstone se carga el relato sobre sus hombros, alternando una actuación medida con arranques de histrionismo (por momentos sus rasgos recuerdan al Rod Steiger más desatado).
A pesar de no destacar precisamente por su potencia narrativa, escasamente original en su tratamiento del personaje, Sweeney Todd es un interesante punto de partida para todos aquellos que desconozcan la historia de este temprano asesino serial. El dvd editado en nuestro país contiene el corte del director, diez minutos más extenso que la versión vista en los televisores británicos. Las diferencias incluyen alguna que otra escena extendida y unos mucho más explícitos y sangrientos degollamientos.
Diego Brodersen
Un hombre llamado Fidel Castro (EE.UU./2005) Oliver Stone Editora: Transeuropa
Este documental de Oliver Stone propone un diálogo íntimo entre su realizador y el jefe de estado cubano, a partir de la ejecución de tres ciudadanos de ese país que intentaron secuestrar un avión para escapar hacia los EE.UU, entre otros hechos políticos y sociales de relevancia.
De poco menos de una hora de duración, el film -cuyo título original es el más enigmático Looking For Fidel- fue un encargo de la cadena HBO en un momento singular de la vida política de la Isla. En el año 2003 se registraron una serie de secuestros de barcos y aviones como vanos intentos por escapar fuera del país; la respuesta del régimen castrista fue la ejecución sumaria de tres de esos secuestradores y el enjuiciamiento -con penas de cadena perpetua- de otra docena de ciudadanos cubanos.
Estos hechos, sumados al encarcelamiento de un centenar de opositores políticos, son el eje central de esta jugosa conversación entre el liberal Stone y un Castro tan lúcido como siempre. Lejos del retrato programático, las preguntas del director de J.F.K. y Pelotón se chocan con la retórica castrista para generar un interesante juego de discusión ideológica y política. Un hombre llamado Fidel Castro no predica a conversos de ninguna clase; en cambio, propone varios interrogantes para la reflexión del espectador activo.
Los extras incluyen el trailer, una galería de fotos y la conferencia de prensa que Oliver Stone ofreción en la presentación oficial del film en el Festival de San Sebastian. Este último segmento no destaca por su calidad de imagen y audio -se trata de material de cámara en crudo- pero las respuestas de Stone a las preguntas de los periodistas iluminan varios aspectos de la película.
Hairspray (Estados Unidos, 1988) Dirección: John Waters Editora: AVH
Coincidiendo con el lanzamiento en dvd de su remake, se edita la versión original de Hairspray, la comedia musical de John Waters. El director de Pink Flamingos se aleja aquí de sus excesos más pantagruélicos pero su espíritu es tan subversivo como siempre.
No por nada a John Waters se lo conoce como "El Rey del Vómito": la escena que cierra su film más famoso, Pink Flamingos -realizado independientemente, casi a la manera de la guerrilla, a comienzos de los años 70- se deleita en presentar a su protagonista, el travesti obeso Divine, comiendo cada de perro... real. Pero lejos de la provocación vacía, y más allá de este poco delicado ejemplo visual, en sus mejores momentos el cine de Waters parece ir en contra del gusto medio y el sentido común como un acto político. Espanta burgueses poderoso y virulento, este realizador oriundo de Baltimore -donde rodó gran parte de su filmografía- es el Pepe Grillo del camp cinematográfico, la conciencia de una nación white trash mostrando su costado más grotesco.
Como si esto fuera poco, sus películas son realmente divertidas y se respira en ellas un aire de libertad y alegría contagioso. Lejos de la imaginería no apta para espíritus sensibles de gran parte de su filmografía, en los años 80 Waters se animó a cruzar la línea del mainstream, dirigiendo un par de comedias musicales aptas para todo público. Pero a no engatusarse: en su interior, debajo de una capa superficial engañosamente amable, descansa en estado activo el mecanismo terrorista de su anarquismo. La primera de ellas, haciendo clara mención a los tocados capilares que pueblan sus 90 minutos de metraje, se conoció bajo el título Hairspray, ahora editada en formato digital por primera vez en la Argentina.
Lejos del discurso mucho más conservador de su reciente remake, dirigida por Adam Shankman y protagonizada por un irreconocible John Travolta, la versión original vuelve a poner en pantalla a la musa inspiradora de Waters, Divine, en un doble rol secundario: como la madre de la protagonista y como el jefe de una estación de televisión de Baltimore. El reparto incluye -además de algunos rostros fieles al realizador desde sus primeras épocas, como Mink Stole- al entertainer Sonny Bono, otrora parte del dúo Sonny & Cher, y a la cantante de la banda Blondie, Debbie Harry.
La acción transcurre a comienzos de los 60, años de segregación racial y fiebre por los nuevos ritmos musicales, particularmente el rock & roll. Paradójicamente, o no tanto –de allí el tema de la hipocresía cultural, central en el relato- esa “música de negros” podía ser bailada por los blancos, pero nunca en compañía de negros. La historia de Hairspray es la historia de Tracy, una adolescente de clase media alejada de los arquetipos de belleza femenina al uso, pero no por ello menos empeñada en convertirse en la reina del programa de baile de la tv local.
Lo logrará, no sin antes darse una vuelta por el ghetto, derrotar a su enemiga, una jovencita tradicionalmente bella y ambiciosa, y lograr que sus nuevos amigos “de color” compartan pantalla televisiva con los blancos. Parece poca cosa, pero Waters logra hacer de este sencillo relato uno de sus films más veloces y divertidos, acompañado además por una verdadera metralla de rockabilly temprano en la banda de sonido (una de las aficiones personales del realizador). El dvd no incluye extras de relevancia, pero la calidad de imagen y sonido compensa en parte esa falencia.
Diego Brodersen
Maestros del Horror (EE.UU./2005) Dirección: John Carpenter, Stuart Gordon, Lucky McKee Editora: SBP
El sello SBP continúa editando los episodios de la primera temporada de la serie televisiva Maestros del Horror. En esta segunda entrega (una caja con tres DVD) le llega el turno a dos directores de lujo, John Carpenter y Stuart Gordon, más el aporte de Lucky McKee.
Imágenes del horror (Cigarette Burns en el original) es el título del capítulo dirigido por un veterano en el terreno del horror fílmico. John Carpenter ha incursionado en toda clase de relatos, siempre ligados al cine de género, pero no pocos seguidores de su filmografía lo relacionan inmediatamente con films como Noche de brujas, Christine, El enigma de otro mundo y El príncipe de las tinieblas. En su aporte a la serie Maestros del Horror, Carpenter se le anima al cine dentro del cine, con una historia acerca de una película maldita que, en su única exhibición en los años 70, terminó generando una masacre dentro de la sala de exhibición.
Udo Kier interpreta a un coleccionista interesado en rastrear la única copia existente de ese film, El fin absoluto del mundo, por lo que contrata al dueño de una sala de arte y ensayo que hará las veces de investigador privado. El resultado son 60 fascinantes minutos de horror metafísico, en los cuales Carpenter le da una vuelta de tuerca a otro de sus films, En la boca del miedo, con el cual este relato comparte algunos detalles y un tono general apocalíptico. Imágenes del horror es indudablemente uno de los mejores episodios de la serie, confirmando, por si hacía falta, el talento de su creador.
No demasiado lejos se ubica Tras las paredes (Dreams in the Witch-House), adaptación de un cuento de H. P. Lovecraft a cargo de Stuart Gordon, de quien recientemente se conoció en nuestro país el largometraje Edmond. No es la primera vez que Gordon se interna en el universo del autor de "El color que cayó del cielo": su versión cinematográfica de la historia del médico Herbert West, Re-Animator, se transformó en una de las grandes películas de terror de los años 80.
De un clasicismo que reproduce fielmente la atmósfera pesadillesca del autor norteamericano –difícil de trasladar a la pantalla sin caer en literalidades algo ridículas-, Tras las paredes narra el descenso a los infiernos de un estudiante que, inadvertidamente, renta una habitación que le supo pertenecer a una bruja muchos siglos antes. El nuevo inquilino no tardará en escuchar extraños sonidos y descubrir una antigua maldición que amenaza su equilibrio mental y físico.
Completa el trío de historias Metamorfosis (Sick Girl), el capítulo dirigido por Lucky McKee, director de Voces en el bosque y La cara del horror (ambos editados en DVD en nuestro país), dos films recientes que no pasaron inadvertidos, particularmente por su impronta iconoclasta dentro de un género habitualmente poco propenso a las experimentaciones. Por desgracia Metamorfosis, la historia de una entomóloga y un gusano con habilidades psicológicas, no está a la altura de las expectativas, aunque algunos pasajes humorísticos le restan gravedad a todo el asunto.
La edición local de los episodios de Maestros del Horror es impecable desde el punto de vista de la calidad de imagen y audio, y cada disco incorpora un puñado de extras de interés, particularmente las entrevistas a los realizadores de cada capítulo.