TRIBUNA LIBRE
Boom del cine digital en Lima, por John Campos Gómez
El reciente estreno en el circuito alternativo de dos películas de bajo presupuesto y gran audacia, como Kasa Okupada, de Rafael Arévalo, y 3, de Eduardo Quispe y Jim Marcelo, son ejemplos de una interesante nueva tendencia.
Por John Campos Gómez, de Lima, Perú
La proliferación del cine digital está tomando mayor presencia en Perú. En su primera etapa, finales de los noventa y principios del presente siglo, esto fue aprovechado por los realizadores de las regiones del interior del país, que comandaron una movida de sonoras repercusiones en esta parte del continente.
Esa tendencia regional en los últimos años bajó su cauce, aunque aún sigue vigente. Sin embargo, desde 2008 hacia adelante, en Lima, este sistema de producción ha reverdecido. Jóvenes cineastas, entre los que destacan Juan Daniel Fernández (Reminiscencias), Fernando Montenegro (Encierro), Eduardo Quispe (1 y 2), Rafael Arévalo (Alienados) y Raúl del Busto (Detrás del mar) han sabido aprovechar la democratización del sistema en digital para empezar una producción que parece da para mucho rato.
Si bien esta movida es aún incipiente en la capital, lo que hasta ahora ha aflorado es un cine trasgresor, arriesgado, si cabe el término, libertino, que refresca la cinematografía peruana casi dependiente de la subvención de CONACINE. En Perú, estamos recién respirando una bocanada de aire fresco. Por un lado. vienen Claudia Llosa (La teta asustada), Josué Méndez (Días de Santiago), Héctor Gálvez (Paraíso), Javier Fuentes León (Contracorriente), Rossana Alalú (Ego), y por el otro, los mencionados en el párrafo anterior. El panorama da para la polémica.
En lo que va del mes, dos de nuevos films, del lote digital, han sido presentados en circuitos alternativos. Pasamos a revisarlos:
-Kasa Okupada, de Rafael Arévalo (estrenada el 2 de julio de 2010)
Kasa Okupada es una película de las que gusta hablar. Antojadiza en bizarrías, desprolija en imagen y sonido, salida a flote sólo por cinefilia -que es amor a filmar más que a ver cine-, tiene su encanto en el desparpajo de su hechura. Divierte el poco rubor de su director a la hora de adosar cada disparate que se le ocurre a sus secuencias, las hace imprevisibles, libertinas, empero en un contexto lóbrego, donde sólo hay víctimas y victimarios: brujas, sadomasoquistas y sus presas.
¿Es estridente la visión del director Rafael Arévalo acerca de la juventud? No tanto. Las distracciones de hoy poco tienen que ver con fresadas. Si de algo se permite reflexionar el director es sobre el estado de esta juventud, sus ocupaciones y de cómo estas degeneran a vicios fatuos y perversos, aunque los muestra lúdicamente, cual videojuego RPG.
Kasa Okupada narra sobre los preparativos de un aquelarre a cargo de un par de brujas, no obstante, desvaría en el trayecto al epílogo. En la ficción de Arévalo son abarrotes del mercado negro “lágrimas de gato hermafrodita”, artículo no excéntrico mas sí muy ridículo que está al alcance de un dealer metalero, quien luego se enfunda una máscara de luchador mexicano en pos de venganza. Apuntemos, con sorna, que las brujas que sacrifican pordioseros son chicas de boutique, los irracionales sadomasoquistas son vagos de clase media: jóvenes crapulosos que, inclusive, conviven con invisibles consejeras de esotería. Sin olvidar a la monja no virgen que pasea sus penas por Lima, en las más desconcertantes escenas gratuitas de la película.
Arévalo acomoda sus recursos al servicio de su producto. Supera la traba de contar con un sonido directo de baja audición -propio de la cámara LD (low definition) que utiliza-, adecuando su película a las características de una silente, en la que delega a la música el tono del drama y/o acción.
Las escenas en interiores están grabadas sin el micrófono ambiental de la cámara, les descarta el sonido directo para sonorizarlas íntegramente con rock, creando una atmósfera dark casi aislada de la realidad, como si sucediera todo en un videoclip fantástico. En algunas situaciones la música se sincroniza con los actos, se funde en el vértigo y acierta su inclusión, sin embargo, en la mayoría de los casos la misma música se percibe acelerada en torno a los acontecimientos, entorpece los planos cerrados donde se producen los diálogos, los recarga. La música está en un primer plano en la película sin requerirlo, dejando extrañar algunos silencios para distender el visionado.
El micrófono ambiental vuelve para las escenas en exteriores, que más que escenas son transiciones efímeras hacia los encierros, prolongados y determinantes en la sucesión del relato. El viento apenas se deja sentir al oído y de inmediato se superpone más música, de presencia permanente en todo el largo.
Por su condición de película silente, aparecen los carteles para los diálogos, a los que se les da buen uso. El acierto en su utilización evidencia al director como seguidor del cine de la primera etapa histórica. Los parlamentos son cortos y contundentes, lo cual agiliza el devenir de la historia, algunos son pretenciosos pero siempre dejan datos implícitos que logran mantener el interés hasta el final sobre la develación de algunas cuestiones y definiciones.
En Kasa Okupada, Rafael Arévalo ha plasmado una parafernalia sórdida, aceptable a regañadientes en una pesadilla narrativa, de inicio-nudo-desenlace, donde todos podemos ser personajes del mal. Se gesta en lo caótico y nunca deja de enrevesarse. En esa intención de auto-anudarse radica su principal atractivo, en su deseo de ser rara sin notarse posera.
-3, de Eduardo Quispe y Jim Marcelo (estrenada en julio de 2010)
3 es la mejor película de Eduardo Quispe. Sus anteriores 1 y 2 tropiezan ambas con sus pretensiones naturalistas, no calificando para tal etiqueta porque emanan disfuerzo. Posan ser trasgresoras, no respetando academicismos ni convenciones con una conducta rebelde más que reflexiva. Sus resultados dejan la sensación de estar frente a travesuras audiovisuales en vez de exploraciones artísticas: la cámara se distrae en piruetas sobre los personajes, que parecen estampitas depresivas y no humanas como se pretende. En 1 y 2 la forma le gana al fondo, Eduardo Quispe piensa más en “cómo decir” que en “qué decir”. En esas dos primeras películas, hace pesar más su deseo de alejarse de las convenciones que la aplicación convencida de un estilo propio, lo cual parece estar puliendo con 3, que codirige junto a Jim Marcelo. Hasta entonces lo suyo fue retórica, su discurso no tenía congruencia con sus imágenes, sin embargo, aunque fallidamente, ya había perfilado su visión del cine. Recién con 3 la pudo sustentar.
Las imágenes fugaces de una Lima lúgubre y ruidosa se funden con las circunstancias aparentemente calmas que suceden en un parque. No se hace contraste entre la ciudad y el parque porque se les considera un solo ambiente, asimismo no se contrasta a las personas con los elementos que las rodean. Todo forma parte de una sola realidad, donde no hay protagonistas, por eso, la cámara se posa irregular en los rostros que hablan, en los árboles que los acompañan y en los espacios verdes que los acogen, por ratos la imagen se desenfoca y su sonido se distorsiona: la cámara intenta emular nuestros sentidos.
A su paso, esa cámara captura sensaciones, declaraciones, luces de faroles, ruidos de taxis y soplo de viento, ninguno más importante que el otro. Ante esa escena ‘natural’, la influencia de los directores se reduce a la de facilitadores de los figurantes, quienes se guían sólo de sus emociones. Quispe y Marcelo en pleno rodaje, a lo mucho, marcan la pauta del concepto mas no de la acción dramática.
La poca, aunque precisa, intervención de los directores en el desenvolvimiento de los sucesos es notoria. Prácticamente, 3 no está dirigida sino, más bien, aplicada desde un planteamiento. Los directores dejan que sucedan cosas, que se exterioricen comportamientos, están ahí para su recolección, cuales cazadores de ‘momentos únicos’.
Lo circunstancial resulta ser enriquecedor y determinante en 3, más aun si contamos con que está grabada en un solo plano. Desde esa intención comprendemos que cualquier imponderable está previsto, aunque suene contradictorio. El tándem, al planear la película en un solo shot, queda a la espera de sorpresas en el intervalo para (a)cogerlas en su metraje. Es como estar preparados para la suerte.
Bien concebidas las escenas de conversaciones, naturales y espontáneas, sin embargo, aún están en deuda en las que no utilizan diálogos. En esas se nos exige atención en detalles de largas escenas silenciosas, en las cuales se quiere comunicar sensaciones corporal y psicológicamente, empero no demandan de tanta parsimonia para ser efectivas. La mirada se pierde, rehúye al blanco, si se le exige acomodarse por mucho tiempo en un punto fijo en pos de percibir sus detalles. Y es que los actos son más explícitos que las palabras, por lo que una secuencia de sólo gesticulaciones sería de mejor asimilación si fuera escueta y contundente en sus sugerencias. Sin duda, los momentos débiles de la película son los silentes, acaso por ser los más presumidos.
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